ActualidadModa y TendenciasOpinión

El lujo del tiempo

Compartir
Durante mucho tiempo pensamos que el lujo era tener más. Después, seguridad y tranquilidad económica. Con los años descubrimos que el verdadero lujo era tener tiempo. Muchos jóvenes ya lo saben; nos han adelantado sin necesidad ni ganas de correr. ¡Aprendamos!

Desayunar sin mirar el reloj. Que te apetezca otro café y poder tomártelo. Levantar a los pequeños sin repetir “venga, que no llegamos”. Llegar a casa con energía para caminar, leer o tomar algo. Para mirar y ver; para oír y escuchar.

En las vacaciones de verano recuperamos mucho de eso. De ahí que cueste tanto en septiembre volver a conectar con las prisas. El otro día un agente inmobiliario me decía que en estas fechas aumentan las búsquedas de casas en pueblos o en el campo. Quizá buscamos prolongar esa tregua con el reloj.

Con el precio de la vivienda imposible, el tráfico infernal, y  siendo pocos los que podemos vivir cerca del trabajo, aparecen el teletrabajo y la flexibilidad.

Entiendo y comparto la preocupación por mantener unidos a los equipos y cuidar la cultura de empresa. Pero me cuesta creer que la respuesta deba ser idéntica para todos. Cada persona es un mundo. ¡Qué digo un mundo! Un universo.

Entre mis más íntimas amigas Lola, Rosa y Ana escogieron el turno de tarde para hacer COU, mientras que Cris y yo cogíamos el de mañana. Cada una, en el horario que mejor le iba. Ni mejores ni peores; distintas. Quizá en otra etapa de nuestras vidas habríamos intercambiado los turnos.

Hay trabajos que necesitan presencialidad: el médico en el quirófano o el mecánico en el taller. Otros no. Y, dentro de una misma empresa, incluso de un mismo equipo, puede haber tareas que requieran estar allí y otras que puedan hacerse desde cualquier lugar, con horarios diferentes. En definitiva, no todas las personas ni todas las tareas necesitan lo mismo.

Quien teletrabaja no debería despertar recelos ni sentir que el compañero que va a la oficina acumula puntos por estar allí. Pero ocurre. Y hasta se mira mal a quien decide que teletrabajar no es lo suyo, como si no pudiéramos creer que alguien prefiera la oficina y dejar su casa como remanso de paz. ¡Esa soy yo! Y al final, todos juzgados.

Si se facilita el teletrabajo a quien vive lejos, enseguida aparece el “¿y yo que elegí vivir cerca?”. Si es por los hijos, el “¿y los que no tenemos?”. Cada circunstancia abre una comparación. Y así, en lugar de pensar qué necesita cada uno, acabamos haciendo inventario de lo que le dan al de al lado.

Para mí, lo colectivo también consiste en entender esas diferencias. Eso exige empatía y solidaridad, pero también compromiso: hacer bien el trabajo, estemos donde estemos. Sin ese compromiso, acabaremos midiendo cada minuto de productividad. Pasaremos a una flexibilidad con vigilancia permanente.

Mi utopía es bastante modesta: que aprendamos a reconocer que podemos dar lo mejor en distintos entornos y horarios. Porque hasta el lujo del tiempo significa algo diferente para cada persona y en cada etapa de su vida.

Feliz regreso al lujo de un tiempo de calidad.

Teresa Alonso Majagranzas