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¿Y si el colesterol no fuera el malo de la película?

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El colesterol. Tan temido y odiado por algunos. Culpable de un sin fin de males que nos aquejan. Pero, ¿realmente es tan perjudicial como nos han hecho creer? ¿El hecho de tener unos niveles elevados del mismo, implica necesariamente el desarrollo de una enfermedad cardiovascular?


Para entender la demonización del colesterol y las grasas, debemos remontarnos al Estados Unidos de mediados del siglo pasado; donde, un científico llamado Ancel Keys, tras años de estudio y observación de distintas poblaciones, publicó el denominado “Estudio de los 7 países”.
En él, postuló que las grasas y el colesterol dietético eran los principales responsables de la epidemia de enfermedades cardiovasculares que asolaba los países occidentales.
De manera paralela, estableció que una dieta basada en frutas, legumbres, verduras, pescado, aceites vegetales saludables y poca carne, debía ser la estrategia a seguir a fin de evitar patologías cardiacas. Por tanto, la contribución de este investigador fue doble. Por un lado, situó el colesterol y los lípidos en el punto de mira de la medicina y por otro, apadrinó el concepto “dieta mediterránea”.

A partir de este momento, comenzó la guerra a los productos altos en grasa y colesterol, desplazando su consumo por aquellos “light”, bajos en grasas y altos en hidratos de carbono y azúcares. Sin embargo, años después de la publicación de este estudio cuyos resultados habían sido acogidos como un dogma en medicina, diversos médicos denunciaron que las patologías cardiacas y la obesidad no habían disminuído, sino que por el contrario, incrementaban cada año. ¿Qué estaba sucediendo? Habíamos desterrado las grasas y abrazado los hidratos de carbono y el azúcar tal y como nos habían dicho que debíamos hacer. ¿Por qué no estábamos más sanos?

La repuesta, a diferencia del problema, es simple. Desgraciadamente, los problemas de salud, en
raras ocasiones están ocasionados por un solo factor. Culpar en exclusiva al colesterol y a las
grasas, es, cuanto menos, reduccionista.

Con todo lo anteriormente mencionado, no quiero decir que tener unos niveles elevados de colesterol plasmático no tenga relación con el desarrollo de una patología cardiaca, sino que el exceso del mismo, junto con otros factores como la obesidad, el sedentarismo, la mala alimentación, el tabaquismo y la diabetes entre otros muchos, son piezas imprescindibles en el puzzle que conforma la enfermedad.

Por tanto, si queremos preservar nuestra salud cardiovascular, no basta con bajar los niveles de colesterol o llevar una dieta baja en grasas. Una correcta gestión del estrés, la realización de actividad física regular (incluyendo entrenamiento de fuerza), la incorporación en nuestra alimentación de productos frescos y poco procesados, el mantenimiento de un peso saludable y la eliminación/reducción de hábitos tóxicos tales como el tabaquismo y el consumo de alcohol son requisitos básicos si queremos evitar enfermar.

Por último, no quiero dejar de mencionar la contribución que supone el componente genético (en que muchos se escudan). Si bien es cierto que existen individuos con una marcada predisposición a desarrollar una patología cardiaca, son una minoría. En la mayor parte de los casos, es el peso de nuestras decisiones el que inclina la balanza hacia uno u otro lado.

Ana Llantada Alaminos
Nutricionista y biomédico en clínica Improve