AfD ha arrasado hoy en Sajonia-Anhalt, superando el 40 % de los votos.
Una de las explicaciones que más estoy leyendo en redes es que su victoria representa una reacción contra el «wokismo». Y no deja de resultarme curioso.

Alice Weidel, líder de AfD, es lesbiana, está casada con una mujer nacida en Sri Lanka y ambas forman una familia con dos hijos.
¿Eso sería «wokismo»?
Evidentemente, su orientación sexual, el origen de su pareja o el modelo de familia que han elegido no deberían ser un problema para nadie. Aunque, actualmente, para algunos sí parece serlo.
Pero entonces quizá la pregunta sea otra: ¿cómo se compagina esa realidad personal con un partido que reivindica expresamente la familia tradicional —padre, madre e hijos— como modelo y mantiene un discurso extraordinariamente duro frente a la inmigración?
O quizá lo que ocurre es algo más sencillo: que una parte de la gente está votando contra muchas cosas que no le gustan y, en vez de definir exactamente cuáles son y por qué, las mete todas en el mismo cajón y lo llama «wokismo».
Una palabra que, de tanto servir para explicarlo todo, corre el riesgo de no explicar absolutamente nada.
Y quizá haya algo más: «woke» se ha convertido en una palabra comodín de aplicación casi ad hominem. No define tanto lo que haces como quién eres.
La misma conducta puede presentarse como decadencia woke si la practica el adversario y convertirse en una cuestión privada, irrelevante o perfectamente disculpable si la practica uno de los nuestros, solo hay que ver la vida privada de Trump al que muchos lo llaman el faro moral de occidente.
Aunque tampoco hemos inventado nada nuevo. Durante decadas hemos visto funcionar un mecanismo parecido desde el otro lado del espectro político: ampliar tanto el significado de «fascista» o «fascismo» que termina sirviendo para descalificar posiciones, personas o ideas que poco tienen que ver con su significado histórico y político.
Cambian las palabras y cambia quién las pronuncia, pero el mecanismo se parece demasiado: colocar una etiqueta sobre el adversario evita el esfuerzo bastante más incómodo de discutir lo que realmente está diciendo.
Y cuando «woke» significa simplemente «los otros» y «fascista» acaba significando «los que no son de los míos», las palabras dejan de ayudarnos a entender la realidad.
Solo sirven para saber en qué trinchera está cada uno.
Agustín Martín