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Letras de amor

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El buzón se ha convertido en un receptor de facturas. Sobres impersonales que sabes llevan dentro un mordisco a la nómina. El papel ya no se usa para las buenas noticias. Y, sin embargo, el invierno me trae la morriña de las cartas de amor, de amistad, de buenos deseos. Las postales de lugares a los que fueron otros. Es, sin duda, el preludio de la Navidad.

El buzón ya no es lo que era. Imagino que un día no muy lejano desaparecerán de las viviendas de nueva construcción. Y es que abrirlo da un poco de pereza. Si no es un sobre de Iberdrola es del Canal de Isabel II; o del banco que te cuenta alguna oferta comercial. De vez en cuando aparece algo de color en el buzón: una pizzería, un restaurante chino o una nueva tienda en el barrio apuesta por dejarte un mensaje impreso y directo. Lo leo y lo guardo; así recompenso su esfuerzo.

En la época electoral, muchos cerraríamos con llave el buzón y pondríamos cemento en la ranura. Ahí si que llegan los colores del arco iris: azul, naranja, rojo, morado, verde… Promesas escritas buscando la originalidad y el impacto en la atención de las personas. Si es cierto que la mayoría decidimos ver o no un video en sus diez primeros segundos… ¿qué palabras nos engancharían a seguir leyendo pasada la línea de “querido votante”?

Las palabras son poderosas pero ¿las siguen leyendo las personas? ¿Hasta qué párrafo? ¿Hasta qué línea? Una de las muchas crisis que atravesamos es la falta de atención de las personas. Y en ese contexto, quizá en el papel, las palabras escritas se sientan empoderadas. Palabras escritas a mano, con el esfuerzo de ser legibles, con el boli elegido para que salga la mejor de nuestras caligrafías, con las pausas de nuestra mente buscando la expresión acertada sin ninguna ayuda tecnológica. ¡La ternura de las palabras que escriben los niños no la supera ni el anuncio de El Almendro en Navidad!

Lo sé. Soy una romántica enamorada de las palabras de amor. Guardo cada una de las cartas que me escribió (y me escribe) mi marido. Y tiré, por lealtad, otras recibidas de amores anteriores. Hasta ahí llega el poder que concedo a las palabras escritas: consideraría infiel releer palabras dichas por un amor que ya pasó, que no sentimos ya.

Mi madre me contó una vez que quemó junto a mi padre las cartas de amor que cruzaron cuando él marchó a París locamente enamorado de ella (como lo estuvo hasta el último de sus días). Lo hicieron juntos porque no querían que ninguno de sus siete hijos pudiera en algún momento saber de aquellas cartas que daban fe de un amor que solo les pertenecía a ellos y del que nosotros siete fuimos consecuencia. Leer las palabras escritas para otros debería castigarse. Las cartas son de quien las escribe y son de la persona a la que se dirigen. De nadie más.

El amor exige palabras. Se necesitan para entenderse, para desvelar lo que no se puede decir, para plasmar pensamientos, para disfrutar del propio amor y hacer disfrutar al otro, para explicar lo inexplicable. Pero el amor exige y necesita también silencios. Manejar el silencio es muchas veces el mejor arma de un buen amante, de un buen amigo, de un buen orador. La comunicación nunca fue fácil y sin embargo, cuando decimos que todo comunica, queremos decir que también comunica el silencio. Tanto, como un buen abrazo.

En este preludio de la Navidad, yo ya empiezo a comprar Crismas. Para llenarlos de letras de amor y amistad. Para que las personas a las que amo abran el buzón y encuentren un sobre de colores que no pide, que no cobra, que no promociona. Tan solo les manda amor, les recuerda que aquí estoy para lo que necesiten y les envía unas palabras pensadas y escritas con mi mejor bolígrafo y en el color de mi estado de ánimo. Escribir con letras de amor se necesita más que nunca para reencontrar esas emociones que no emulsionan en este mundo de tabletas y lenguajes de programación.

Las palabras y los silencios de amor deberían gobernar el mundo.

Tambab