ActualidadCultura y entretenimientoOpinión

Kafka va al cine

Compartir
El 3 de junio se cumplieron 100 años del fallecimiento de Kafka, ese día, de 1924, el escritor moría de tuberculosis, quizá contraída por su manía de tomar leche no pasteurizada.

Nació en Praga, en el imperio austro-húngaro, en 1883, en una familia judía que, tras su muerte, sufrió la tragedia de la persecución nazi.

Al igual que “homérico”, “dantesco” o “quijotesco”, lo “kafkiano” ha pasado a los diccionarios. Sinónimo de situaciones inquietantes, absurdas e ilógicas.

Es innegable su influencia en la literatura posterior, pero también encontramos reminiscencias de sus atmósferas opresivas y de sus personajes en contextos incomprensibles en la obra de muchos directores cinematográficos, muchos de ellos grandes lectores.

Kafka vivió el origen del cine, al que acude desde los 27 años. En alguno de sus diarios nos cuenta que “he ido al cine, he llorado”, se refugia en las salas de Praga y de París, al tanto de las novedades en cartel.

Hitchcock leyó su obra con ardor, de él surge el tema constante en su cine, el hombre inocente acusado por error: “Rebeca”, “Sospecha”, “Con la muerte en los talones”.

O la atmósfera aparentemente inofensiva pero cargada de amenazas de “Los pájaros”.

Orson Welles reflejará en sus películas las largas sombras y la angustia constante de lo kafkiano. En 1962 dirige “El proceso”, basada en la obra homónima del escritor, Anthony Perkins representa al hombre víctima de un complot, que acaba dudando de su propia inocencia. Una atmósfera que repite en “El tercer hombre”, en las sombrías calles de Viena, o en “Ciudadano Kane”, con un complejo retrato de la condición humana. Los laberintos amorosos y los espejos engañosos de “La dama de Shanghai” también tienen la impronta del universo kafkiano.

El personaje atormentado y solitario que se enfrenta a una sociedad despótica y cruel, volvemos a encontrarlo en la filmografía de Lars von Trier, en títulos como “Europa”, “Rompiendo las olas”, “Dogville” o “Melancolía”.

También David Lynch ha expresado su fascinación por Kafka, su influencia es notable en “El hombre elefante”, la misma situación de aislamiento y miedo ante lo deforme que encontramos en “La metamorfosis”, cuando Gregorio Samsa despierta convertido en insecto.

Algo parecido sucede con “La mosca”, película de David Cronenberg.

Fritz Lang, en cuya obra siempre aparece la reflexión sobre el individuo contemporáneo y su desamparo, recogió en “Furia” la angustia del falso culpable.

Woody Allen coincide con Kafka en el tratamiento de la culpa; en “Annie Hall” y “Manhattan” aparecen referencias al escritor, y la escena del juicio de “Bananas” es la versión humorística de “El proceso”.

En 1992 Allen dirige “Sombras y nieblas”, verdadero homenaje en blanco y negro a Kafka y el expresionismo alemán.

Hay reminiscencia de Kafka en la angustia de los invitados a una cena de la que no pueden escapar, en “El ángel exterminador” de Buñuel.

No olvidamos una imagen que aterrorizó nuestra infancia, la de José Luis López Vázquez en ¨La cabina”, de Mercero.

 Kafka señaló “el cine supone ponerle un uniforme al ojo, que hasta entonces había ido desnudo” y no imaginó como su universo ayudaría a ello.

Rosario Tamayo Lorenzo