Cultura y entretenimiento

Hijos de la ira, de Dámaso Alonso

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“Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres (según las últimas estadísticas)”. Así abre Dámaso Alonso su mítico Hijos de la ira, con el poema Insomnio. Era 1944, el poeta tenía 45 años. España estrenaba la paz, represión, hambre y dictadura. Afuera, la Segunda Guerra Mundial en su apogeo.
Pedro Robledo

El poeta rompe con lo establecido y se convierte en uno de los máximos representantes de la poesía desarraigada y de la Generación del 27. Hijos de la ira se opone a la poética apoyada por el franquismo y supone una ruptura de temática, de estructuras, de estética. Otra vez dos Españas, o dos revistas: Garcilaso. Juventud Creadora y Espadaña.

La propuesta es clara: existencialismo, pesimismo, desengaño, y religión. Porque Dios tiene un papel protagonista eneste poemario. Bien por su omnipresencia, bien por ausencia. En palabras del propio Dámaso Alonso: “Para otros el mundo nos es un caos y una angustia, y la poesía una frenética búsqueda de ordenación y de ancla. Sí, otros estamos muy lejos de toda armonía y de toda sinceridad”.

Leer este poemario es desgastar el lápiz y cuando uno lleva ya unos cuantos poemas y se encuentra con El último Caín, ya sabe que Hijos de la ira se quedará en su vida para acompañarlo siempre; y así poder rescatar a demanda poemas como Hombre:

“Hombre, / gárrula tolvanera / entre la torre y el azul redondo, / vencejo de una tarde, algarabía / desierta de un verano. / Hombre, borrado en la expresión, disuelto / en ademán: sólo flautín bardaje, / sólo terca trompeta, / híspida en el solar contra las tapias. / Hombre, / melancólico grito, / ¡oh solitario y triste / garlador!; ¿dices algo, tienes algo / que decir a los hombres o a los cielos? / ¿Y no es esa amargura / de tu grito, la densa pesadilla / del monólogo eterno y sin respuesta?”

Y concluye:

“Hombre, / cárabo de tu angustia, / agüero de tus días / estériles, ¿qué aúllas, can, qué gimes? / ¿Se te ha perdido el amo? / No: se ha muerto”.

Dámaso Alonso es el triunfo de la poesía. Una poesía que decide no ser arte por el arte, que aspira a brindar utilidad, aunque sea a modo de bálsamo, o de protesta. O como decía el propio autor, de “ordenación y de ancla”. Frente a la poesía de evasión -la que miraba hacia la tradición para evitar la cruel realidad-, el golpe seco en la mesa de “Hijos de la Ira”.

Cerramos con unos versos de La injusticia, para recordarnos nuestra última -¿tal vez única?- posibilidad de rebeldía:

“… Hoy llegas hasta mí. / He sentido la espina de tus podridos cardos, / el vaho de ponzoña de tu lengua / y el jirón de tus alas que arremolina el aire. / El alma era un aullido / y mi carne mortal se helaba hasta los tuétanos. / Hiere, hiere, sembradora del odio: / no ha de saltar el odio, como llama de azufre, de mi herida. / Heme aquí: / soy hombre, como un dios, / soy hombre, dulce niebla, centro cálido, / pasajero bullir de un metal misterioso / que irradia la ternura. / Podrás herir la carne / y aun retorcer el alma como un lienzo: / no apagarás la brasa del gran amor que fulge / dentro del corazón, / bestia maldita. / Podrás herir la carne. / No morderás mi corazón, / madre del odio. / Nunca en mi corazón, / reina del mundo.”

Pedro Robledo