Érase una vez una Navidad contigo, sin ti…

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Las celebraciones en torno a las navidades son como la vida: una revolución sentimental. De la ilusión al hastío; el cuñado que no calla; el regalo que gusta y el tique regalo; la familia; la sobrealimentación; la fe… y el recuerdo para celebrar las fiestas contigo, sin ti.

De niños, con la llegada de la Navidad, ganaban la ilusión de la fiesta, la comida, los regalos y, sin darte cuenta, ibas acumulando recuerdos que se iban consolidando. De joven te conquistaban las vacaciones, la juerga del 31 de diciembre, el viajecito a esquiar… y sin darte cuenta, sumabas más recuerdos. Una vez que la vida te sacaba de tu hogar, la Navidad era un regreso y su valor fundamental por primera vez eran la familia y la ilusión de esos recuerdos convertidos ya en tradiciones. Creada la familia propia, regresa la ilusión de ver la Navidad con los ojos de tus hijos; te conviertes en magia y haces magia. Entendemos aquellas tradiciones y las instalamos en casa; ahora son ya tuyas y son ya, legado para los tuyos.

El tiempo pasa. Y cuando una parte de tu vida se marcha, a la Navidad de pronto le falta algo o algo le sobra. A mí me sobra un cabecero vacío y me falta un padre, aquel caballero elegante e inteligente que me sonreía y me hacía sentir inteligente, segura y en casa. Y con su marcha, me faltan recuerdos como el corcho de aquella botella de champán que decíamos que a quien le tocara se quedaría embarazado ese año. Me falta esquivar el corcho tapándome con la servilleta o gritar “¡a mí, a mí!”. Esas chorradas convertidas en tradiciones hacían que la Navidad fuera nuestra Navidad.

Así que cuando te falta esa persona que creó tantos recuerdos y sonrisas, la Navidad ya no es lo mismo por mucho que estés rodeada de tus propios hijos o por mucho que tengas la inmensa suerte de tener una familia tan numerosa en hermanos y primos como tengo la fortuna de tener. Falta algo porque falta ese alguien que hizo que la Navidad fuera tu Navidad.

En esta Navidad, no faltará la que hoy ocupa, desde su propio sitio, ese cabecero. Ella cogerá al Niño Jesús para que todos besemos su frente. Y, con ese gesto que ya es nuestro, renacerá en nuestros corazones el sentimiento de amor más grande que existe: aquel que dice que amemos al prójimo como a nosotros mismos. Y que lo hagamos como solo aman los niños: sin condiciones.

Es ese amor infinito el que nos trae de regreso a las personas que no se sentarán con nosotros a la mesa. Seguir con sus tradiciones, con esos recuerdos imborrables que construyeron para nosotros, es la mejor forma de honrar su recuerdo y de continuar su legado. Están aquí, con más amor y presencia que nunca… sentados en el cabecero, o en el que fuera su lugar, sonriendo y diciéndonos: estás en casa y ya es Navidad. Tempus Fugit, Amor Manet.

Muy feliz Navidad a todos los lectores de La Mirada Norte. Por un año 2023 lleno de buenas noticias y la mejor comunicación.

TAMBAB