“El juego del calamar”, un éxito sorprendente

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Antes de que nadie la hubiese visto -se estrenó el 17 de septiembre-, Ted Sarandos, el director ejecutivo de Netflix, ya había anunciado con fuegos artificiales que ‘El juego del calamar’, su serie surcoreana de género ‘survival’, se había convertido en la producción de habla no inglesa más exitosa de la historia de la plataforma. Y que iba camino de ser la producción, a secas, más exitosa de la historia de la plataforma.

BettyGS

Netflix contabiliza el éxito de sus series y películas originales en base a la gente que, en los primeros 28 días desde el estreno, reproduce al menos dos minutos del contenido. A partir del anuncio de Sarandos, esta serie de nueve capítulos de alrededor de una hora de duración se ha convertido en la sensación del momento. No hay periódico ni blog ni hoja parroquial que no haya ofrecido su análisis más o menos sesudo sobre un proyecto que llevaba más de diez años dando vueltas por los cajones hasta que Netflix apostó por ella.

Pero, ¿qué tiene la serie del guionista y director Hwang Dong-hyuk para que haya saltado el obstáculo cultural, lingüístico y del ‘starsystem’ anglosajón? El Oscar de ‘Parásitos’ de Bong Joon-ho y el éxito de ‘El juego del calamar’ son el resultado de unas políticas culturales muy ambiciosas y unos hábitos de consumo del audiovisual como pocos países en el mundo. Netflix, con buen olfato, ha decidido invertir 500 millones de dólares en la industria surcoreana, y este es el resultado.

Lo primero que llama la atención de ‘El juego del calamar’ es su factura y la apuesta estética de su creador, que al mismo tiempo que se diferencia del ‘standard’ de la producción de Netflix a la vez que mantiene el sello ‘standard’ de las producciones de Netflix: algo nuevo, pero sin pasarse. Resulta paradójico, pero solo hay que comprobar el vestuario de sus villanos, que no ocultan su referencia a ‘La casa de papel’: monos rojos con capucha, caretas y armas automáticas.

‘El juego del calamar’ bebe de esa tradición de cine ultraviolento a la par que hiperestético del cine popular oriental. Además, en la televisión coreana y japonesa los juegos de adultos que deben pasar pruebas físicas siguen siendo tremendamente populares.

La premisa es sencilla: a un grupo de personas endeudadas hasta las cejas les proponen participar en una serie de juegos cuyo premio final es el de 45.000 millones de won, unos 32 millones de euros. La contrapartida: que sólo puede llevarse el bote uno de ellos y que la consecuencia de perder el juego es, también, perder la vida.

El juego es, al fin y al cabo, la representación del turbocapitalismo en el que el ciudadano adquiere unas deudas que le obligan a participar en un mercado laboral muy competitivo ante la promesa de enriquecerse, lo que al final solo ocurre en casos muy concretos, dejando tras de sí un reguero de cadáveres o convirtiéndose uno mismo en un cadáver. La metáfora es sencilla y fácilmente exportable a cualquier país que haya visto crecer la desigualdad en la última década, es decir, todos.

La genialidad ha sido la de contraponer un contexto tan inocente y lúdico como los juegos tradicionales infantiles con una propuesta en la que los concursantes son asesinados de maneras diferentes y cruentas para aparente diversión de un misterioso personaje escondido detrás de una máscara.

Así se alternan juegos populares en todo el mundo, como el escondite inglés, con tradiciones populares de Corea, como el que da el nombre a la serie. En realidad, lo más interesante que aporta ‘El juego del calamar’ a ojos occidentales, más allá del entretenimiento puro de ver cómo los personajes se arrastran por el fango moral por propia supervivencia, es conocer a través de los resquicios de costumbrismo la realidad social de un país que ha crecido vertiginosamente como potencia económica y tecnológica pero que, a la vez, convive con unas formas de vida tradicionales y que ha sufrido una reconversión que ha agudizado la precariedad de las clases más deprimidas

Hwang presenta una serie de personajes que representan lo se considera como perdedores: un parado divorciado que vive con su madre, vendedora en un puesto de comida en un mercadillo; un hombre de negocios acosado por los delitos fiscales; una ladrona huérfana que, además, es desertora de Corea del Norte, el cabecilla de una banda criminal, un inmigrante pakistaní cuyo jefe le ha dejado a deber varios meses de sueldo… Todos ellos parias que ven en las apuestas y el dinero fácil la única manera de salir adelante.

El juego del calamar’ comienza cuando Seong Gi-hun (Lee Jung-jae), el protagonista, se encuentra con un hombre de negocios en una estación de metro que le ofrece ganar un dinero a cambio de someterle a una humillación. Seong Gi-hun acepta, ya que ha perdido mucho dinero en las casas de apuestas.

El hombre trabajaba en una industria que cerró. Luego intentó montar su propio negocio y quebró. Se divorció, perdió la custodia de su hija y malvive haciendo trabajillos y robándole lo que puede a su anciana madre, con la que vive en un apartamento diminuto. El misterioso hombre le ofrece, entonces, ir más allá: le llevarán a un lugar secreto para que juegue con otros competidores por una gran suma de dinero.

Sin inventar nada nuevo, ‘El juego del calamar’ consigue enganchar con una narrativa de acción en una sociedad imaginaria bajo un poder totalitario en el que continuamente hay que tomar decisiones de vida o muerte que son un reflejo de los valores morales de los protagonistas. También engancha la sorpresa a la hora de plantear los retos: que pueden ser físicos o de habilidad. Y a cada fallo, un tiro en la cabeza, o una caída mortal desde varios metros de altura.

Hay un placer sádico en ver morir de la manera más imaginativa a los concursantes que emparenta al espectador con el villano de ‘la película’. También es interesante la decisión que toma el director en el segundo capítulo, que a priori puede parecer que corta el ritmo narrativo, pero que luego sirve para dar más empaque a la alegoría: nadie juega obligado.

Con esta serie Netflix asegura que ha superado en visionados incluso a La Casa de Papel o Lupin. Un auténtico éxito global sin precedentes. Aclamada por todos los medios, analizadas hasta el detalle por expertos cinéfilos, aplaudida por sociedades tan dispares como Corea del Sur o España. Pero yo todavía no he llegado a comprender su éxito y siento un gran rechazo en lo poco que he visto.