‘Casablanca’ cumple 80 años y los más jóvenes deben ver esta joya del cine

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Parece mentira que hayan pasado ocho décadas desde que Bogart y Bergman juraron que siempre les quedaría París, desde el estreno de este mito.
BettyGS

Los más cinéfilos conocen de sobra la historia: Rick Blaine regenta un café en Casablanca. A él acuden Victor Laszlo, líder de la Resistencia en plena Segunda Guerra Mundial, y su esposa Ilsa. La cosa se complica: ella es la vieja amante de Rick, al que quiso con locura en un París de decorado que, por cierto, es el único de la película que queda en pie de los estudios Warner situados en Burbank (Los Ángeles).

Los amantes del Hollywood clásico también saben que Ronald Reagan iba a ser el protagonista y que su guion fue fruto de unas cuantas casualidades. Lo que empezaron a escribir los hermanos Epstein, a partir de una obra de teatro llamada ‘Everybody Comes to Rick’s’, lo acabó rematando Howard Koch, encargado de darle vida a esos diálogos que son oro puro. «Le echaré de menos, Rick. Es usted la única persona en Casablanca que tiene menos escrúpulos que yo», le dice el capitán Renault (el maravilloso Claude Rains, en su personaje más emblemático) al siempre cínico dueño del café bar que sirve de escenario de la cinta.

Para la elección de la protagonista, la Ingrid Bergman que no sabemos si al final acabará quedándose con Rick en Casablanca o huirá con Laszlo en avión, la cosa también fue compleja. Los mencionados Epstein dieron su opinión al respecto, demostrando que el cinismo romántico que impregna su guion no era cuestión de azar. «Consigan a una chica extranjera para ese papel. Una americana con un buen par de tetas también servirá«, aconsejaron a Jack Warner.

Bergman fue la elegida. Extranjera, sí, y también asombrada ante un guion titubeante que no dejaba de darle mareos. La ambigüedad de su personaje fue fruto de las continuas reescrituras del libreto, día sí y día también.

El resultado de esas reescrituras dio sus frutos. Los diálogos tan bien escritos y la magia de la dirección de Michael Curtiz, con sus habituales sombras y su habilidad para dar el ‘punch’ necesario a una buena historia confeccionaron una obra maestra. Y el apelativo no es gratuito.

‘Casablanca’ es la excusa perfecta para ‘venderles’ cine clásico a los más reacios. La película representa un mantra que mantengo siempre a la hora de valorar el Hollywood de antaño: en los años dorados del sistema de estudios, el cine comercial también era artístico. Y el cine artístico también era comercial.

‘Casablanca’ une ambos conceptos: es arte y también es un gran entretenimiento, ya que sus casi dos horas transcurren en un suspiro y su ritmo es digno de estudio en cualquier escuela de cine. Pero quizá era la red social defenestrada por Elon Musk la que mejor puede despertar el interés del público joven por una cinta en blanco y negro que está más viva que muchas de las superproducciones del Hollywood actual.

Al fin y al cabo, ‘Casablanca’ no solo habla del amor en tiempos de guerra , sino también de las quimeras, de la renuncia a las causas individuales en favor de las colectivas, del sacrificio y del romance con fecha de caducidad.

Es imposible no emocionarse cuando Bogart lee, en la gris estación de tren en la que esperaba huir con su amada, la carta en la que esta le comunica su plantón. Ese plano detalle de la carta, cuyas letras van siendo borradas por una ominosa lluvia, es un ejemplo perfecto de la creatividad visual de la película.

La película acabó ganando 3 Oscar aquel año y, con el tiempo, ha sido referenciada en docenas de films, canciones y arte pop. Pese a la creencia popular, en ‘Casablanca’ jamás se dice «tócala otra vez, Sam», sino ‘tócala, Sam’.

‘Casablanca’, en tiempos de selfies e hilos de Twitter, sigue siendo ‘Casablanca’. Y lo que le queda aún a una película que, créanme, es eternamente joven. Y nadie, joven o maduro, va a arrepentirse de sus 2 horas de arte e, incluso, les puede saber a poco.