Buena playa
Muchos elegimos la playa, el mar, para pasar el tiempo que a cada uno nos toque de vacaciones… o lo que el bolsillo dé de sí. En mi caso, y para criar a mi familia numerosa, elegí hace más de 20 años la playa de El Palmar de Vejer… y desde entonces me encuentras siempre, «donde el Nacarum».
La Última
En esa playa infinita de olas bravas y ambiente de libertad, he visto al último de mis hijos pasar de los 0 años a los 18. Todo es distinto ahora. Cuando llegamos, buscábamos un lugar de veraneo para nuestra familia que fuera nuestro. Era nuestra independencia de aquellos maravillosos veranos que cada uno de nosotros pasó con sus familias de origen.
En esta búsqueda, uno de mis hermanos me llamó y me dijo: «Estoy en una playa y no sé por qué, he pensado que a ti te gustaría». Al año siguiente pusimos rumbo a Cádiz y, cuando vi esa luz posándose en cada ola, supe que estaba ante mi lugar en el mundo. Desde entonces, cada primer día, me siento como Desi en aquel Verano Azul en el que se bautizó para limpiar todos sus problemas. Las frías aguas de El Palmar me quitan a mí todos los esfuerzos del año… y es que, para mí, fin de año es en el mes de julio, cuando regreso a lo importante, con la suerte de que lo importante me está esperando. Al menos esperando mi mejor versión.
Ahí, en la playa, sentada ya en una silla de esas que de niña pensabas que eran de mayores, veo la vida de los demás pasar como una buena serie de Netflix o de Movistar. Tres o cuatro chicas jóvenes ensayando poses, con el novio moviendo el móvil y haciendo fotos. Multitud de tatuajes andantes, bañadores de todos los estilos y bronceados en todos los tonos. Surferos con sus tablas llegando hasta la orilla con más o menos éxito. La pareja mayor que va al agua cogida de la mano, con él tirando de ella que dice que el agua está fría. Una mujer en topless jugando a las palas y yo convencida de que se va a confundir de pelota. Un montón de perros y dueños cargados de artilugios para atender todas sus necesidades. Un socorrista izando la bandera que, qué suerte, hoy toca verde y podemos nadar hasta las boyas. Cada año las mismas cosas; cada año los mismos pero un poco más mayores.
Las vacaciones son tan necesarias como el trabajo. Al menos yo siempre me las he tomado así. Mi batería aguanta y aguanta hasta que toca recargar: volver a imaginar, a tocar, a sentir, a disfrutar de un gazpacho y de la siesta, de la piel de tus hijos tostándose, de un pescaíto frito y de un atardecer; estremecerme con el último libro de Víctor del Árbol y escuchar esa canción de Santero y Los Muchachos que dice que “Ahora todo está bien, ¿estamos bien?” y que es ya, el himno de mis veranos.
A los que dicen que la vida hay que vivirla cada día, pues yo les digo que qué suerte tienen. Yo la vida, lo que es la vida, la siento toda entera en vacaciones, dando gracias a Dios por tener también donde volver con las pilas cargadas para darlo todo de nuevo. Pero ahora me toca darlo todo a los míos. Y en eso estoy.
Y ya saben: estoy ahí, donde el Nacarum.
Feliz verano a todos los lectores de La Mirada Norte