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Los inmensos desafíos de la revolución tecnológica: Cómo la resistencia al cambio modela nuestro futuro

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Desde el amanecer de la Revolución Industrial (y supongo que de los tiempos), una parte importante de la sociedad se ha enfrentado a la innovación con una mezcla de miedo y resistencia. El movimiento ludita del siglo XIX, que estuvo caracterizado por la destrucción de máquinas textiles en Inglaterra, es un ejemplo de cómo los avances tecnológicos pueden ser recibidos con hostilidad, especialmente cuando se perciben como una amenaza para el statu quo.
Agustín Martin

Este fenómeno no se ha limitado a la era industrial, hoy, el término «neoludismo» describe la resistencia a la era digital, desde la computarización hasta la ahora omnipresente inteligencia artificial (IA).

Según mi experiencia, esta tensión se acentúa con la edad. Las generaciones más veteranas, que han visto el mundo cambiar de una manera notable, suelen mostrar mayor resistencia a abandonar la denominada zona de confort.

En mi caso, como alguien perteneciente a la denominada generación X (1969-1980), he sido testigo y a veces protagonista de este fenómeno. Seguro que a muchos lectores de mí misma generación les resuena:

  • Televisión Matutina: Nuestros padres criticaban el hecho de que la televisión comenzara a emitir por la mañana, temiendo que pudiéramos pasar todo el día frente a la pantalla. Lejos de frenarse, la oferta televisiva ha crecido exponencialmente, demostrando cómo la adaptación a nuevos hábitos de entretenimiento genera riqueza y diversidad cultural.
  • Videojuegos: La preocupación por que los jóvenes pasaran horas jugando a «los marcianitos» en el ordenador se ha transformado en el reconocimiento de la importancia económica de la industria del gaming, un sector que facturó 1.281 millones de euros en España, por tanto ha creado oportunidades y empleo a su alrededor.
  • Irrupción de los Móviles: Las críticas iniciales a la omnipresencia de los móviles han dado paso a la aceptación de su papel indispensable en nuestra vida personal y profesional.

Curiosamente, con el tiempo, la generación X ha pasado de ser “víctima a verdugo” en este ciclo de resistencia.

Lo he podido comprobar con lo que respecta a los cambios que tienen que ver con los evolución en el ámbito de la movilidad, también con la irrupción coche eléctrico, aunque este tema me daría para muchos artículos.

Y nos encontramos que este año el debate es sobre la inteligencia Artificial (IA) y el uso de esta misma. Como ejemplo sirva que un buen amigo hace unos días me argumento su negativa a utilizar ChatGPT en su medio de comunicación creyendo que hacer esto supone una pérdida en las esencias del periodismo.

Estas reacciones en contra de la innovación tienen una incidencia importante en el desarrollo personal que voy a intentar explicar con este ejemplo que descubrí en el libro “Como piensan los ricos” de Morgan Housel.

¿Sabían que Bill Gates estudió en su época, en uno de los pocos institutos del mundo que tenían un ordenador?

Su uso no formaba parte del programa de estudios general de Lakeside. Era un programa independiente. Bill Gates y Paul Allen (cofundador) pudieron juguetear a placer con el aparato y dejar volar su creatividad.

Leyendo la estadística sobre este hecho: ¡¡¡ En aquel año, solo uno entre un millón de alumnos de instituto en EE. UU. fue a un colegio que tuvo un ordenador!!!

Gates es una persona inteligente, visionaria, trabajadora, innovadora… Pero si no hubiera estado en ese instituto con toda seguridad no hubiera creado el imperio que es Microsoft.

Privar del acceso a estas innovaciones supone una pérdida importante de oportunidades.

Sin embargo, reconocer la necesidad de adaptarnos y abrazar las nuevas tecnologías no implica una aceptación ciega de todas las innovaciones sin considerar sus posibles repercusiones. La historia está repleta de ejemplos donde la falta de regulación y supervisión en las etapas iniciales de una tecnología emergente ha llevado a problemas éticos, de privacidad y de seguridad. Por lo tanto, es fundamental abogar por un marco de regulación que acompañe el ritmo de la innovación tecnológica.

La inteligencia artificial, por ejemplo, ofrece posibilidades transformadoras para la sociedad, desde mejorar la eficiencia en el lugar de trabajo hasta revolucionar la medicina. Sin embargo, estas tecnologías también plantean interrogantes sobre la privacidad de los datos, la seguridad laboral y la ética en la toma de decisiones automatizada. Por tanto, mientras fomentamos un ambiente que permita la innovación, debemos ser igualmente responsables en crear políticas que aseguren que estas tecnologías se desarrollen y utilicen de manera responsable.

La regulación efectiva no debe ser un freno a la innovación, sino un medio para garantizar sus beneficios mientras se minimicen los riesgos. Esto requiere un esfuerzo entre innovadores, reguladores, académicos y la sociedad civil para entender profundamente tanto el potencial como los peligros de la tecnología emergente. Solo a través de un diálogo y una planificación cuidadosa podemos asegurar que las innovaciones tecnológicas sirvan al bienestar colectivo y no solo a intereses particulares

La resistencia al cambio, si bien es una reacción natural, no debe convertirse en un obstáculo para el progreso. En su lugar, deberíamos observarla como una invitación a dialogar, a educar y a colaborar en la creación de un futuro que refleje lo mejor de nuestra capacidad para innovar y evolucionar.

Agustín Martín CEO AAPPmobility