Fotos en papel
Hace unos días, en una celebración muy especial, decidimos imprimir en papel fotos de nuestro álbum de bodas en las que, además de los novios de entonces, salían amigos y familiares… 25 años más jóvenes. El efecto de la exposición fue de una gran emoción, mucho mayor de lo que yo, especialista en organizar eventos que emocionen, esperaba.
La última
Creo que los invitados esperaban un vídeo. Una sucesión de fotos digitales que fueran mostrando la historia de un matrimonio en sus 25 años de convivencia. Pero no fue así. Montamos un tendedero y, con unas pinzas que terminaban en corazones de colores, pusimos todas las fotos en las que salían amigos, hermanos, padres, tíos, sobrinos…
Y sucedió lo esperado: las personas se paraban a mirarlas, como en una exposición. No había artificios, ni focos, ni luces… tan solo el valor del papel. Quizá porque el papel obliga a eso: a parar, a mirar de verdad.
Hoy, con todo digitalizado, parece que las fotos han perdido su importancia. Las pasamos como haciendo “scroll”, pensando que habrá otra mejor y sin detenernos en los detalles como hacíamos antes. Hacemos miles de fotos que muchas veces acumulamos sin límite y sin intención. Disparamos, guardamos, seguimos. Y, sin embargo, cada vez volvemos menos a ellas a no ser que la nube nos recuerde las que quiera.
Tengo la suerte de haber tenido un padre que retrató y grabó las infancias de sus siete hijos y que se tomaba el tiempo de revelar, guardar y etiquetar las fotos en álbumes. De niña, había en mi casa una caja negra de nácar con flores que parecía japonesa y, si le dabas cuerda, sonaba una melodía preciosa. Era el álbum de bodas de mis padres.
Sentarme a ver esos álbumes era uno de mis entretenimientos favoritos; mucho mejor que ahora, cuando paso tiempo viendo fotos de personas que ni conozco. Aquellas fotos en papel me permitían descubrir cómo eran mis hermanos mayores antes de que yo llegara al mundo, el pelo tan rubio de mi hermana al nacer, los amigos de mis padres, sus viajes, toda esa vida que yo no viví y que siempre envidié a mis hermanos mayores.
Hoy tenemos la casa llena de fotos y yo también hice álbumes hasta el año 2008, cuando nació el tercero de mis hijos y ya, la vida y el trabajo me pasaron por encima. Sueño con recuperar todo lo que tengo almacenado y dejarles esos recuerdos a mis hijos. No es nostalgia; es necesidad. Un día, cuando sea yo la que esté en la nube, espero verlos mirando esas fotos, y que las miren, de verdad.