«El poder del perro»: un western psicológico brutal

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Doce años después de ‘Bright Star’ (2009), y (solo) cuatro desde ‘Top of the Lake’ (2017), Jane Campion reaparece para abrirnos la puerta, gracias al clásico tiento de una historia sencilla con personajes interesantes.
BettyGS

Narra el relato original de Thomas Savage la tensa relación entre Phil Burbank (Benedict Cumberbatch), temible y carismático cowboy, y dos recién llegados al rancho de Montana donde él y su frágil hermano George (Jesse Plemons) han vivido toda la vida. Es 1925 y el mundo moderno ya empieza a asomarse en la cotidianidad de los Burbank.

En la nueva era, el bruto Phil dejará de tener lugar reservado como héroe y pasará a ser un bárbaro, igual que los indios que aún yerran por el lugar. Por ello, cuando George se case con Rose (Kirsten Dunst), una mujer tan sensible y civilizada como vacua e insulsa, este verá en su delicadeza un signo de peligro aún por desvelar.

Dedicado a hacerle la vida imposible a ella y a su hijo Peter (Kodi Smit-McPhee), totalmente obcecado en traspasar los límites que la empatía y la racionalidad de la mujer han construido, Phil va a volver el mundo que la rodea en absolutamente intolerable. Gustaría decir que a partir de ahí se desata un duelo a dos bandas, lo moderno contra lo salvaje, pero lo cierto es que el combate es tan desigual que pronto toma forma de absoluta tortura.

El más desquiciado de todos los maltratos es el que descubre el vaquero cuando, una tarde, escucha a Rose tocar la pianola desde el comedor de casa. Estando formada como pianista acompañante de películas mudas, la melodía que practica debería resultarle sencilla. No obstante, los dedos han dejado de obedecerla y fallan las notas una y otra vez.

Al cabo de unos intentos, desde su habitación, el banjo de Phil empezará a dibujar las notas de la melodía original con una destreza insoportable. La cámara va a acercarse a Rose mientras retoma su práctica, tratando de emular la agilidad de los dedos del cowboy; cuando fracase, la imagen también se detendrá. Este traspié sucede una, y otra, y otra vez, hasta que, divertidos, atestigüemos como una sencilla melodía se ha vuelto un sonido tan insufrible como el raspar de las uñas sobre una pizarra.

Esta tortura es tan ingeniosa y palpable que jocosos, deseamos ver cuál es el siguiente movimiento del monstruoso ballet.