El audífono de Beethoven

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Se dice que un inventor es una persona que se hace una pregunta y que no permite que nada se interponga entre la respuesta y su mente.

Pero poco se habla, en general, de los inventores, no suelen ser muy conocidos ni reconocidos, aunque muchos de los avances que nos rodean y que disfrutamos se deben al ingenio y la creatividad de alguien.

Así, es interesante la figura de Johann Mäzel y su relación, a veces complicada, con Beethoven

Inventor alemán, con buena dosis de aventurero y de gusto por el espectáculo, nacido en 1772, hijo de un constructor de órganos, llegó a ser nombrado mecánico de la Corte imperial de Viena, ciudad a la que llegó a los 20 años.

En 1804 inventó el panarmónico, una especie de teclado mecánico que automatizaba los sonidos de 42 instrumentos de una banda militar, de viento, cuerda y percusión.

Aprovechando su amistad con Beethoven, le convenció en 1813 para que compusiera una obra sinfónica para este instrumento, con motivo del triunfo del Duque de Wellington en la batalla de Vitoria.

Mäzel también intentó resolver los problemas de audición de Beethoven e ideó el primer audífono de la historia: una trompetilla acústica, que amplificaba los sonidos permitiendo una mejor escucha.

Si bien no frenaba la sordera, sí ayudó a Beethoven durante un tiempo.

La pasión de Mäzel por los autómatas le llevó a comprar y a exhibir por Europa, uno llamado “El Turco”, que, con túnica y turbante, dentro de una cabina, supuestamente jugaba al ajedrez contra un jugador humano de alto nivel y que llegó a ganarle la partida a Benjamin Franklin y al mismo Napoleón, quien hizo un movimiento ilegal, a lo que “El Turco” reaccionó tirando las piezas.

Tras sus éxitos, se acabó demostrando que era un fraude, la cabina creaba una ilusión óptica que permitía a un experto jugador esconderse y operar con el autómata.

Mäzel también mejoró, patentó y difundió por toda Europa el metrónomo, un aparato que mide el tiempo de una composición musical y marca exactamente el compás.

El invento fue de Dietrich Nikolaus Winkel, pero no lo patentó y no quiso venderle los derechos a Mäzel, a quien, sin éxito, demandó ante la Justicia.

Beethoven acogió con entusiasmo el metrónomo de su amigo, decía sentirse aliviado de “términos sin sentido, como allegro, andante o presto”, siendo pionero en establecer en sus partituras las señales de los tiempos usando el invento, dedicándole un homenaje en el segundo movimiento de la octava sinfonía.

Pero los “tempos” que Beethoven anotó son, a menudo, tan rápidos que muchos son difíciles de interpretar. Tras doscientos años de discusiones por parte de los músicos, recientes estudios han concluido que ello no se debe a su sordera, ni a que su metrónomo fuera defectuoso, sino que, simple y llanamente, Beethoven se confundía a menudo porque no acabó de entender cómo funcionaba el invento.

Por eso, querido lector, cuando tengas un mal día, recuerda que hasta los grandes genios cometen errores…

Rosario Tamayo