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Conectar desconectados

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Con la tardía llegada del frío, como auténtica fan del verano, siento nostalgia. Los días se acortan, salgo y vuelvo de noche; regresan los calcetines y los cuellos altos y, con ellos, la formalidad de la rutina. Echo de menos la conexión que nos regalan las vacaciones. Esa mirada que se detenía en tantos lugares y personas vuelve a perderse lo que tiene alrededor, pendiente de múltiples pantallas.

Y lo más fuerte es que estos días echo de menos el fax de mi primer trabajo. Era negro, con auricular y teclado. Con él enviaba informes de hasta treinta páginas a una oficina en México, pendiente de introducir cada hoja a tiempo para que no se cortara el envío. Si el papel se agotaba o se atascaba, cualquiera que pasara ayudaba. Todos sabíamos hacerlo; a todos nos había pasado. Cuando llegó el automático, al que le soltabas el tocho de folios y los pasaba él solo, el antiguo se vino a mi mesa y fue mi teléfono hasta que dejé aquel trabajo.

Hoy me encanta poder compartir esos informes de forma inmediata. Pero me descubro echando de menos la paciencia que poníamos en aquello y la facilidad con la que nos acercábamos a ayudar.

También me gusta usar la IA. Pero me gustaría sentarme a escribir o a leer sin que aparezca un aviso ofreciéndose a resumirlo o a escribirlo mejor. Está en todas partes, como una tentación y un recordatorio de que nuestra inteligencia y nuestro criterio siempre se pueden mejorar.

Pensar a solas. Hacer memoria sin pedirle a esa otra memoria que recuerde por nosotras. Leer un artículo entero antes de opinar. Permitirnos un «no lo sé» que dure un poco más de tres segundos. Incluso cambiar de opinión después de escuchar a alguien. ¡Qué sano! Tomar notas en una reunión y tachar lo que finalmente no ha llevado a ninguna decisión. Tachar sin ocultar el tachón, sin típex, con sus paréntesis y su raya de rigor. Recordar que no somos perfectas y que, además, no queremos serlo.

Mi IA contestando a la tuya. La tuya a la mía. Como dice un hermano mío, a este paso acabarán ligando en Tinder nuestras IA. Y nosotros nos quedaremos sin saber si nos habríamos gustado.

En la salud y en la enfermedad, en ChatGPT o en Claude.

Con lo que nos ha costado aprender a estar hiperconectados, ahora toca conectar de nuevo. Me gustaría volver a pedirle a mamá la receta del pollo en pepitoria que tanto les gusta a mis hijos. La suya es distinta de la que me da la IA. Tiene más sabor. Y, después de apuntarla, tener todavía la suerte de poder preguntar: «Mamá, ¿cómo estás?».

Y quedarme a escuchar la respuesta.

Conectar, desconectada.

Teresa Alonso – Majagranzas

Alcobendas · Sanse · Zona Norte de Madrid

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