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Woody Allen y su autobiografía exculpatoria a la venta

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De esta exculpación se encarga el propio Woody Allen en A propósito de nada, una autobiografía que acaba de llegar a nuestro país de la mano de Alianza Editorial, con traducción de Eduardo Hojman.

Una obra que su editorial original, Hachette, se negó a publicar presionado por sus propios trabajadores, quienes realizaron un paro simbólico contra la empresa por dar voz al cineasta acusado de abusos sexuales. Un libro en el que ofrece una lectura de su vida y su carrera ejerciendo una autocrítica indulgente consigo mismo, mucho más a ojos de la era post #MeToo.

Rescatamos algunas historias de su juventud que, tal vez, no conocíamos antes de la publicación de este libro. Y aunque entra en sus problemas con Mia Farrow y la relación que tuvo y que sigue teniendo con su hijastra, en este artículo no vamos a entrar.

La omnipresencia de la cultura y sus representaciones ha sido siempre una de las claves que convierten el cine de Woody Allen en un diálogo constante y multirreferencial con su entorno.

El cineasta de Brooklyn gusta de ironizar sobre sus  muchos referentes, ya fuere con chistes sobre Schopenhauer en Annie Hall o guiños a Cezanne y Rothko en Manhattan, sin olvidar la presencia del séptimo arte en sus filmes.

Sin embargo, no nació ni creció en una familia sensible a la cultura, ni se le inculcó el amor por esta en ningún momento. «Asistí a mi primera obra en Broadway a los diecisiete años, y descubrí la pintura por mi cuenta cuando hacía novillos, porque necesitaba un lugar cálido donde pasar el tiempo y los museos eran gratis o baratos», escribe en su libro.

«Puedo afirmar, sin temor a equivocarme, que mis padres jamás vieron ninguna obra de teatro ni visitaron ninguna galería de arte ni leyeron ningún libro». Según él, en su casa solo hubo un solo libro durante su infancia: Gangs de Nueva York, de Herbert Asbury. «Amigos: estáis leyendo la autobiografía de un analfabeto misántropo que adoraba a los gánsteres», afirma.

Entre los muchos trastornos nerviosos y alteraciones emocionales sin aparente lesión de los que Woody Allen se ha visto aquejado —y de los que han hecho gala los personajes que ha interpretado—, hay uno que le ha obsesionado particularmente: la tanatofobia o el miedo hacia la muerte ya fuese inminente o a través de alguna enfermedad. Allen piensa en el óbito constantemente, le fascina y le aterroriza.

«Algunas personas ven el vaso medio vacío, otras lo ven medio lleno. Yo siempre veía el ataúd medio lleno», bromea. Sobre el origen de esta afección, él ha construido sus propios razonamientos, pues como se esfuerza en subrayar, sus padres siempre le quisieron y le trataton bien, su familia le mimaba y nunca sufrió un trauma fundacional.

Sin embargo, «mis propias hipótesis giran en torno al hecho de que, más o menos a los cinco años, tomé conciencia de la mortalidad y pensé: ah, no, yo no me apunté para esto. Nunca acepté ser finito».

Una idea preconcebida sobre su figura es que, dada su complexión y la imagen que ofrece de sí mismo en sus filmes, se le tiende a tachar de ‘rata de biblioteca’ y podríamos pensar que no tiene, ni ha tenido, interés por el deporte ni el ejercicio. Nada más lejos: no solo sigue ejercitándose, dentro de sus limitaciones dados sus 84 años de edad, sino que fue una joven promesa del deporte local en su Brooklyn natal.

«La gente cree que, porque tengo una complexión más bien pequeña y llevo gafas, no puedo haber sido muy atlético. Pero es una equivocación», describe Allen en A propósito de nada.

Además de atletismo y baloncesto, jugaba en segunda base en la liga escolar de béisbol y no lo hacía precisamente mal. De hecho, «albergaba la fantasía de dedicarme a ello profesionalmente, una aspiración que no desapareció hasta que de pronto me contrataron para escribir gags».

«No tenía ningún deseo de asistir a la universidad«, escribe, «pero, para evitar que mi madre se prendiera fuego a lo bonzo, le di una oportunidad». Y así fue como, cumplidos los 18, se matriculó en la Universidad de Nueva York en un programa limitado, pues por entonces trabajaba en una agencia de publicidad de Madison Avenue escribiendo chistes para comediantes y personajes de la farándula de Broadway a cambio de 40 dólares a la semana.

Mostró siempre poco interés por la docencia, y suspendió todas las asignaturas, incluída Cine. Intentó recuperar en un curso de verano con idéntico resultado, hasta que un panel de decanos se reunió para explicarle las razones de su expulsión. «Me preguntaron cuál era mi objetivo en la vida. Respondí que quería forjar en la herrería de mi alma la conciencia increada de mi raza y ver si podía reproducirla masivamente en plástico. Se cruzaron varias miradas y me aconsejaron que consultara a un psiquiatra».

Lo cierto es que ya iba a un psiquiatra por aquel entonces. Y siguió acudiendo puntualmente a consulta durante décadas. Cambió de especialista varias veces, y probó distintos tratamientos, pero «mis avances con los temas profundos han sido completamente inexistentes: sigo teniendo los mismos temores, conflictos y debilidades con los que cargaba a los diecisiete años».

Sin embargo, dice que en lo que respecta a ‘otros temas’, si acaso más superficiales o más turbios y por ello no mencionados en A propósito de nada, sí le ha ayudado. «En mi caso, lo importante era tener a alguien cerca con quien compartir mi sufrimiento; jugar al tenis con un profesional», escribe.

«En los tiempos oscuros es agradable sentir que uno no se queda quieto e inactivo, pasivo como una ameba aplastada por la demencial irracionalidad del universo o incluso por situaciones negativas que uno mismo ha provocado. Es importante creer que uno está haciendo algo al respecto». Es de suponer, por tanto, que escribir A propósito de nada le haya servido de particular terapia, aunque no tengamos tan claro que funcione también con los lectores.