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Nos hace falta un verano

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No se asusten, no va de quejas. Va de hechos. Y, si acaso, de esa ironía que nos salva cada mañana, justo cuando empezamos a hacer malabares aún sin salir de la cama.

Llega el verano y, con esta maravillosa estación (mi favorita), al amanecer de cada lunes le sumas averiguar en el espejo si ayer te quemaste o sigues con la misma cara rosada con la que te metiste en la cama. Son las 7 y ya estamos tomando decisiones: pantalón para disimular la depilación pendiente; vestido que no marque tripa; sandalias que eviten mostrar los talones si no hubo pedicura el finde. Todo eso, claro, tras comprobar —con el pelo sin peinar y pensando que te gustaría dormir un poco más— que has amanecido con los ojos tan hinchados que ni con hielo. Y queda lo peor: asomarte a ese espejo de aumento que aún no sabes por qué compraste y que te descubre los nefastos (y sorprendentes) efectos del paso del tiempo en la cara.

Mientras tanto, tu cabeza ya ha abierto la primera lista mental del día: tengo reunión a primera hora; la nevera está estallando —por favor, que se tomen el melón o la sandía, aunque no sea por salud, sino por lo que ocupan—; mails urgentes; saca esto del congelador para mañana, pero ¿dónde lo pongo? ¿En equilibrio sobre la sandía?; esta noticia que se asoma en LinkedIn vale para el resumen de prensa; la camisa tiene una mancha (eso te pasa por planchar sin gafas), voy a cambiarme; ¿Será verdad que la IA de Meta va a terminar con las agencias de publicidad?…

Y camino al trabajo recuerdas aquello de que hay que distinguir entre pelotas de goma y bolas de cristal. Que, si el trabajo cae, rebota. Pero si cae la salud, la familia o el amor, se rompe. Lo sabes. Lo entendiste. Estás de acuerdo. Y, una vez más, no pediste cita en el médico para la revisión; ni tuviste esa cena con tu marido. Pero las prioridades, claras; ¡claro que sí!

En el trabajo, si hablas con claridad, estás enfadada. Si priorizas a las personas, eres blanda. Si quieres que las cosas salgan bien, demasiado perfeccionista. Le digo a José Luis quien, además de un gran profesional y compañero, es mi coach de optimismo que estoy preocupada y me contesta con sabia razón: “No es nuevo; si ese es tu estado natural.” Y nos reímos. Porque en el caos lo que no hay que perder nunca es la capacidad de reír; de la situación y de una misma.

Ni heroicidad ni tragedia; simplemente, problemas del primer mundo que muchas mujeres vivimos acompañadas, además, del síndrome del impostor y de las diversas revoluciones hormonales que nos afectan desde que Eva tuvo la feliz idea de tentar a Adán.

Y es que, como dice mi hermana Paloma, a mí en junio ya me hace falta un verano.

Teresa Alonso Majagranzas