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La permanencia del Derecho: tradición, innovación y amor por una vocación jurídica

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Existen disciplinas cuya trayectoria histórica está vinculada a contextos determinados y, por ello, conocen ciclos de esplendor y decadencia. Otras, en cambio, atraviesan los siglos con la solidez de aquello que es inherente a la condición humana.

El Derecho pertenece a esta última categoría. Desde que el ser humano comprendió que la convivencia exigía un orden superior a la voluntad individual, se configuró como un instrumento indispensable para articular la vida en común: donde hay sociedad, hay Derecho —ubi societas, ibi ius—. Allí donde se debilita o desaparece, la civilización corre el riesgo de quedar sometida a la fuerza y la arbitrariedad.

Me gustaría compartir una reflexión que es también un testimonio personal. Desde el inicio de mi carrera descubrí en las aulas no solo una profesión, sino una auténtica vocación. Recuerdo aquellas primeras lecciones de Derecho Romano en las que el profesor explicaba las nociones de aequitas, bona fides, dominium, obligatio y actio. Entonces comprendí que aquellos conceptos, forjados hace más de dos milenios, seguían vivos en nuestros códigos. El Derecho no era un mero conjunto de normas, sino una construcción intelectual y colectiva sedimentada durante siglos.

Dedicarse al Derecho implica recibir una herencia de incalculable valor y asumir la responsabilidad de preservarla, interpretarla con rigor y transmitirla. Formar a las nuevas generaciones de juristas no es solo un deber académico, sino una función esencial para garantizar su continuidad, renovación y permanencia al servicio de la justicia.

En un tiempo marcado por la aceleración tecnológica y la transformación de las relaciones sociales, cabe preguntarse si el Derecho conserva su relevancia. La respuesta esrotundamente afirmativa. Precisamente porque vivimos una era de cambios disruptivos, su necesidad se intensifica. La inteligencia artificial, la economía digital, la biotecnología y la protección de los datos personales exigen marcos normativos capaces de armonizar innovación y derechos fundamentales.

Esta respuesta solo será plena si sitúa en el centro a las personas más vulnerables, incluidas aquellas con discapacidad o en riesgo de exclusión, y evita que el progreso agrave las desigualdades. Lejos de constituir un freno, el Derecho es indispensable para encauzar los avances sociales y tecnológicos dentro de los límites de la justicia y la equidad.

Ninguna sociedad, por avanzada que sea, puede prescindir de un sistema normativo que limite el poder, proteja al vulnerable y establezca mecanismos pacíficos de resolución de conflictos. Sin Derecho, la libertad degenera en arbitrariedad y la igualdad se convierte en una declaración retórica. Su vocación práctica lo distingue de otras disciplinas humanísticas: no se limita a pensar la justicia, sino que la concreta en normas, instituciones y decisiones.

He experimentado esta dimensión a lo largo de mi trayectoria profesional y puedo afirmar que no existe aprendizaje más profundo ni más humilde que el nacido de la práctica cotidiana. Por ello, trasladarla a las aulas no es un complemento accesorio, sino una exigencia esencial de la formación jurídica.

Es en el despacho, la sala de vistas, la mesa de negociación, la redacción de un contrato o la defensa de un derecho donde el jurista descubre las insuficiencias de la ley, las tensiones entre principios y la necesidad de ejercitar esa prudentia iuris que los clásicos consideraban su virtud suprema.

La práctica, lejos de empobrecer la reflexión teórica, la enriquece. A su vez, la teoría, cultivada con rigor en la universidad y la investigación, ilumina la práctica y la protege frente a la improvisación. Formar juristas auténticos exige evitar tanto una enseñanza puramente abstracta, desconectada de la realidad, como una práctica sin reflexión ni principios.

Concluyo como inicié: desde el testimonio personal. El Derecho ha sido para mí mucho más que una profesión; ha sido una forma de comprender el mundo y de intentar contribuir, con humildad, a que sea más justo. Desde aquella primera clase universitaria —como estudiante y, años después, desde la cátedra—, mi admiración por esta disciplina no ha dejado de crecer.

Pocas experiencias resultan tan estimulantes y gratificantes como acompañar la transformación de los alumnos en juristas sólidos, críticos y comprometidos. Ver cómo el estudio riguroso afila su razonamiento, ensancha su conciencia ética y los convierte en profesionales excelentes y personas con valores reafirma mi fe en la enseñanza jurídica.

Cada desafío profesional, sentencia innovadora, debate doctrinal y promoción de alumnos renueva mi convicción de que el Derecho es una de las más altas expresiones del espíritu humano: la voluntad de someter la fuerza a la razón, el poder a la justicia y el capricho a la norma.

En un mundo que cambia vertiginosamente, el Derecho permanece vivo y en constante renovación. Permanece porque es necesario, se transforma porque es inteligente y perdura porque aspira a la justicia. Quienes tenemos el honor de servirlo y amarlo sabemos que esa capacidad de permanecer en el cambio es una forma exigente y duradera de buscar la verdad y preservar nuestra dignidad.

Mercedes de Prada Rodríguez

Profesora Titular de Derecho Procesal

Directora General del Centro de Estudios Garrigues