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La calle más leída de Madrid

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Así denominaba Francisco Umbral la popularmente conocida como Cuesta de Moyano, una de las pocas ferias de libros permanente del mundo, que este año cumple su centenario, un siglo siendo un referente cultural madrileño, en el que se unen la historia, la literatura y la tradición, así como los lectores, los libreros y los escritores.


Treinta casetas instaladas en una calle que desciende desde la de Alfonso XII, frente al parque del Retiro, hasta la glorieta de Atocha y que recibe el nombre de Claudio Moyano.


Fue éste un político zamorano nacido en 1809, de ideología liberal, además de abogado, catedrático, alcalde de Valladolid, senador por Madrid y rector de la Universidad Central. Pero su legado más conocido es la llamada «Ley de Instrucción Pública», de 1857, cuya aprobación logró siendo ministro y con la que se reformó la enseñanza en España, estableciendo tres niveles: primaria, secundaria y Universidad. Fue la ley educativa más longeva de nuestro país, lo cual no es poco mérito, ya que con sucesivos desarrollos, ha ordenado el sistema educativo hasta 1970.


Volviendo a esta feria, su origen se remonta a principios del siglo XX, cuando alrededor de la estación de ferrocarril de Atocha, se montaban puestos con tablones de madera y pedazos de lona, para vender flores, frutas, juguetes, comida y libros, debido este escenario tan variopinto, los libreros solicitaron en 1921 licencia para instalar un mercadillo aparte, agrupándose junto a la verja del Jardín Botánico, algo que no gustó a esta institución, dirigiendo una carta al Ayuntamiento en la que afirmaban que «es improcedente y perjudicial para la salud» la colocación de los puestos frente a la verja.


Una protesta, con su correspondiente litigio, que obligó a los libreros a trasladarse, en 1925, a la Cuesta de Moyano, donde la feria ha mantenido hasta hoy su actividad ininterrumpida, incluso durante la guerra civil, popularizándose entre los madrileños que buscan libros de segunda mano, descatalogados, autores favoritos, ediciones raras y obras completas encuadernadas con mimo.


También lugar favorito de numerosos escritores, como Pío Baroja, su principal impulsor, o Ramón Gómez de la Serna, que la llamaba «la feria del boquerón», ya que los 15 céntimos a los que se vendían los libros era también el precio de esa tapa, o Vargas Llosa, que en su época de estudiante disfrutaba del paseo por las casetas buscando libros de Azorín, o Pérez Reverte, que la considera «un analgésico donde puedes refugiarte».


Ese dar una segunda vida a los libros también puede definirse como «una búsqueda del tesoro» que, en ocasiones, no ha sido solamente literario, ya que, entre las páginas, se han encontrado cartas de amor, billetes de tranvía de los años 40 o incluso hubo un afortunado que descubrió 100.000 pesetas con las que pudo comprarse un piso.
Te animo a que descubras o redescubras el placer de pasar tiempo ojeando y hojeando libros, seguro que alguno te espera, mientras disfrutas de una mañana de esa primavera madrileña que se nos acerca, porque, como Pemán afirmaba, «un libro siempre es nuevo».


Rosario Tamayo