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Jamás pensé…

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Me siento a escribir tras el aviso de mi editor de que esta semana echa el cierre a La Mirada y necesita mi artículo. Del mensaje en WhatsApp al ordenador; lo único manual que voy a hacer después de escribir será la cena. Y quizá recordar, entre tanta pantalla, que sigo siendo humana.

En mi mesa, el iPhone y la Surface. Ni un papel ni un lápiz, con lo que me gustan. Jamás pensé que dejaría de usarlos tan a menudo como antes. Hay tantas cosas que jamás pensé…

Por ejemplo, jamás pensé que recordaría la BlackBerry como un objeto antiguo, casi como el fax junto al que pasamos tantas horas en tantas oficinas. Jamás pensé que tocaría una pantalla para hacer que las cosas pasaran sin necesidad de un ratón. Mucho menos en un teléfono o con un super reloj.

Jamás pensé que hablaría con una de mis personas favoritas en el mundo, que vive en Houston, a través de una pantalla; viéndonos y hablando sin parar, con la tranquilidad de saber que nuestra conversación no tiene coste para ninguno de los dos. Jamás pensé que vería crecer a sus hijos a través del Instagram de su madre, ni que enviaría emoticonos de aplausos mientras la pequeña sopla las velas de su tercer cumpleaños.

Jamás pensé que vería a un hijo mío estudiar filosofía sin libros, dialogando con la IA como quien discute con un profesor al que puede hablar sin tapujos. Que me contaría que se queja cuando la IA se inventa cosas o que debate con ella sobre filósofos que, según él, construyen afirmaciones sobre suposiciones no demostradas. ¡Toma ya! Jamás lo pensé.

La tecnología está haciendo maravillas por nosotros. Y aunque el eufemismo de que “la IA no viene a quitar trabajo, viene a que te centres en lo importante” no me lo creo, porque algunos empleos sí se los va a llevar por delante, no es la inteligencia artificial lo que me asusta. Lo que me asusta son muchos seres humanos llamados a gobernar el mundo y empeñados en dividirlo.

Me asusta, y me preocupa, desayunar y cenar escuchando tanto ruido, tanto insulto, tanta bronca. Jamás pensé que el miedo a otra guerra pudiera convertirse en una inquietud cotidiana y compartida. Jamás pensé que, con dos sueldos, algunos meses parecerían tan largos. Jamás pensé que vería a grandes empresas prejubilar a personas de 55 o 56 años, ni que trabajar con eficiencia y compromiso no garantizaría conservar un empleo.

Jamás pensé que se cuestionaría a la víctima de una violación, antes que a su violador.

Tal vez esa sea la paradoja de nuestro tiempo: vivimos la etapa más avanzada de la historia en términos tecnológicos y, al mismo tiempo, siento más que nunca la fragilidad y la falta de valores de quienes deberían facilitar acuerdos y consensos. Jamás pensé que sería tan necesario detenernos a pensar quiénes somos mientras avanzamos.

Porque quizá ser humano sea precisamente eso: elegir la empatía cuando sería más fácil elegir la indiferencia; recordar que el progreso tecnológico no sustituye la responsabilidad moral. Jamás pensé que el gran reto que vamos a dejar a nuestros hijos no será seguir innovando, sino elegir seguir siendo humanos.

TERESA ALONSO – MAJAGRANZAS