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Imitadores en comunicación

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En el mundo de la comunicación es común que algunos se sientan tentados a imitar a otros. La inspiración o el tener presente lo que otros hicieron como referencia es perfectamente válido. Pero el miedo a estar en un trabajo para el que no se está preparado, puede llevar a muchos a copiar estrategias y estilos de otros comunicadores y fracasar en el intento. 

Una vez el CEO de una compañía me preguntó: “¿estás 100% segura de que esta estrategia no puede ser malinterpretada?” Mi respuesta fue negativa y descartamos la idea que contenía su riesgo, de ahí mi consulta al CEO. Sin embargo, aún sin riesgos, creo que nadie puede decir que una estrategia de comunicación va a acertar al 100% Al menos eso pienso yo y me gusta pensarlo porque eso es fruto de una humildad que es también muy necesaria a la hora de comunicar. 

La comunicación efectiva va más allá de las palabras y requiere una combinación de experiencia, conocimiento, sensibilidad y, sobre todo, de autenticidad. Por eso los malos imitadores comienzan pareciendo fuertes pero se les descubre enseguida que no son más que una farsa, una mala imitación de otros. Los malos imitadores no logran captar la esencia de lo que hace efectiva una estrategia de comunicación y, en cambio, reproducen superficialmente frases y conceptos que otros utilizaron con éxito porque formaban parte de una estrategia mucho más global. 

En comunicación, no existe una fórmula mágica. Cada situación, audiencia y objetivo son únicos. Lo que funciona para un comunicador en un contexto particular puede no ser relevante o efectivo para otro en una situación diferente. La experiencia y el conocimiento son cruciales para discernir estas diferencias y adaptar los mensajes de manera adecuada. 

Forman parte de un buen comunicador la autenticidad, la empatía y la capacidad de gestionar equipos de manera efectiva. Como decía mi padre “nadie hacemos nada solos”. Suele pasar que el mal imitador carece de todo ello. Suelen ser mezquinos, dejan emerger su inseguridad en forma de gritos, y tienen una extraordinaria habilidad para hacer el mal. A los malos imitadores les falta algo único: el compromiso genuino con los valores y principios que se comunican y el proyecto del que forman parte.

Cuando un comunicador se enfoca en imitar a otros en lugar de desarrollar una voz y un estilo propios, jamás va a lograr la autenticidad. Y la falta de autenticidad puede erosionar la confianza y credibilidad, elementos esenciales para una comunicación efectiva. Máxime ahora que el valor añadido del comunicador debe superar a las estrategias y textos que propone una inteligencia artificial a la que es más fácil superar con inteligencia emocional. Y la emoción funciona solo si es auténtica. 

Imitar a otros puede parecer una solución fácil; pero no funciona. La verdadera maestría en comunicación radica en la capacidad de entender profundamente a la audiencia, adaptar mensajes a contextos específicos y, sobre todo, ser una persona íntegra y empática. Rara vez un mal imitador va a lograr inspirar o conectar a un nivel más profundo. La comunicación efectiva no es solo un arte, sino también un reflejo de quiénes somos como personas. De eso, mi querido CEO, sí estoy 100% segura.

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