Gerda Taro: La chica de La Leica
Hasta el 25 de enero se puede visitar, en el Círculo de Bellas Artes, una exposición sobre el fotógrafo Robert Capa, uno de los fotoperiodistas de guerra más importantes.

Pero no puede entenderse a este genial fotógrafo sin conocer la historia de Gerda Taro.
Gerda Pohorylle nació en 1910 en Stuttgart, en una acomodada familia judía de origen polaco. Buena estudiante, con facilidad para los idiomas, pronto desarrolló inquietudes políticas, cercanas al partido socialista. Con 19 años fue detenida, por difundir propaganda contra el gobierno y encarcelada durante un año. En la prisión enseñaba idiomas a las presas e inventó un sistema para comunicarse entre celdas mediante golpes, pudo salió gracias a la embajada polaca.
En 1933, con el ascenso del nazismo, huye de Alemania. Con 23 años se traslada a París, trabaja de niñera, camarera y mecanógrafa. Una amiga, que posaba para un fotógrafo, le pide que la acompañe, así conocerá a Endre Erno Friedmann, un fotógrafo húngaro, también de origen judío, que se convertirá en su pareja sentimental y profesional, y del que aprenderá la técnica fotográfica.
Ante las dificultades de ambos para encontrar trabajo, Gerda pone en marcha su instinto comercial, dando importancia a la «marca personal», y se inventa a un prestigioso fotógrafo norteamericano, con el que sólo se puede contactar a través de ella, su nombre: Robert Capa. Buscaron un nombre fácil de pronunciar en cualquier idioma, parece que tomando Robert del actor Robert Taylor, y Capa por el director de cine Frank Capra. Consiguieron así cobrar tres veces más por cada fotografía que vendían.
Bajo esa marca trabajaban los dos, lo que supuso que se difuminara la línea que separaba el trabajo de cada uno de ellos, y que la obra de Gerda fuese atribuida, en buena parte, a Friedmann.
Gerda también cambió su nombre por el de Gerda Taro, más fácil de pronunciar, con una sonoridad parecida a Greta Garbo y en homenaje a un pintor japonés que triunfaba en París, Taro Okamoto.
Acreditada como fotoperiodista, acompañada de su Leika, una cámara pequeña y manejable, viaja en 1936 a España, junto a su novio, como corresponsales de guerra. Intrépida, valiente y sensible, realizará fotografías en primera línea de fuego, pero también sabrá reflejar el hambre, el dolor y sufrimiento de los civiles: «tengo la necesidad de contar las miserias anónimas». Ambos inventaron, codo con codo, un estilo de reportaje hecho al «vuelo».
En 1937 la pareja empieza a tomar caminos distintos, Gerda se instala en Madrid y publica sus fotografías ya en solitario.
Durante la batalla de Brunete, Gerda acude a un pueblo cercano a por un carrete, un ataque aéreo le hace caer del estribo del coche en el que viajaba, y un tanque, de su propio convoy, la atropella accidentalmente, trasladada al hospital, muere días antes de cumplir los 27 años, preguntando «¿alguien recogió mi cámara?».
Su compañero, en París, se entera de su muerte por la prensa, tras un tiempo de desolación, volverá a su trabajo, fotografiando los grandes conflictos bélicos del siglo XX, con el nombre, ya solo para él, de Robert Capa.