«El último duelo», un culebrón medieval excepcionalmente enrevesado

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«El último duelo», de Ridley Scott sobre guión de Ben Affleck, Matt Damon y Nicole Holofcener, no esconde su filiación directa con la obra maestra de Akira Kurosawa ‘Rashomon’ . De hecho, la cita, parafrasea y hasta copia.
BettyGS

También aquí lo que se pone en tela de juicio es el relato henchido y orgulloso de su enferma autoridad (en este caso heteropatriarcal). Y, como en la versión original fechada en 1950, son tres las narraciones que dan cuenta de lo impronunciable. El problema es la falta de confianza. 

Scott y sus libretistas desconfían tanto del espectador como de sí mismos (y del cine incluso) hasta el punto de arruinar el sentido mismo del filme dejando claro con un cartel ciertamente burdo que sólo una de las versiones es la cierta. Y eso, además de torpe, resulta, en su pueril didactismo, descorazonador.

La cinta, para situarnos, adapta la novela de Eric Jager publicada en 2004 que hace pie en una célebre leyenda cultural francesa del siglo XIV. Se cuenta la historia de una mujer (a la que da vida Jodie Comer) mil veces violada. Primero, por su propio marido (Matt Damon); luego, por el caballero (Adam Driver) que dice estar enamorado de su inmarcesible belleza y, finalmente, por todos y cada uno de los que dudan de su testimonio y la hacen así responsable de su desgracia.

Lo que organiza con puntual espectacularidad la cinta de principio a fin es el duelo entre el esposo y el abusador, los dos ofendidos pese a su condición de agresores. Suele pasar. Se trataría del último de los duelos, tal y como afirma título, celebrado como juicio de Dios. El Altísimo (también él varón-macho-facho) dejaría vivo al inocente. Eso sí, si el que muere es el marido, la mujer es lanzada a la hoguera.

Más allá del irrebatible poder de la fiebre, el batir de espadas y el resoplar de caballos, el veterano e incansable director se deja llevar por el rigor de un discurso tan encomiable como acartonado. El problema no es la idea, sino las pocas ideas que, contra todo pronóstico, aporta el director en la puesta en escena. Scott se limita a repetir tres veces la violación con apenas unos cambios mínimos que no hacen más que subrayar el mensaje ya de por sí subrayado.

Pulula por la trama un Ben Affleck peliteñido y mamarrachísimo, en lo que el tiempo dirá si es una decisión genial o calamitosa. La historia se cuenta en flashback desde tres puntos de vista: el del afrentado, el del afrentador y el de la ultrajada. Y es este último el que da sentido al resto.

Scott, que moldeó el cine de aventuras épico hasta convertirlo en una caricatura con ‘Gladiator’ o ‘Robin Hood’, demuestra que hace lo que le sale de la punta de la lanza y ahora lo deconstruye a su placer. 

Scott entrega una película árida, con su toque justo de acción y espectáculo, que tiene sus pilares en los diálogos, y en las variaciones narrativas mínimas que conforman los diferentes puntos de vista de una misma historia y que exigen la atención permanente del espectador.

Sólo recomendable para pasar el rato o para ver lo que es capaz de hacer Ridley Scott cuando está aburrido.