Ejército de muditos
Hubo un tiempo no muy lejano en el que ser político se consideraba un privilegio toda una responsabilidad. Solían dedicarse a estos menesteres gente con una preparación superior a la media y una trayectoria profesional en sus espaldas sin una tacha que poder reprocharles.

Además, ocupaban cargos y puestos en áreas de la administración que dominaban y conocían a fondo. Por encima de todo estaba su vocación de servicio público a los demás. Prueba de aquello es que eran legión los políticos que dejaban de ganar dinero por estar en esta difícil profesión. Así era o así fue. La política sigue existiendo, pero todo ha ido cambiando a su alrededor.
Los partidos políticos se han ido convirtiendo en una especie de agencia de colocación de personas que han ido colonizando todas y cada una de nuestras instituciones. A la misma vez, en donde antes solían estar los más listos de cada clase ahora existe una rara nueva especie de personas cuya única virtud es ser un palmero, además de algo muy parecido al muñeco de un ventrílocuo sin voz con la singular y común prohibición de no tener libertad de conciencia y pensamiento.
Su único fin es seguir al jefe o jefa de turno. Estas actitudes son causa principal de todo el problema que nos asola en la política actual. Uno manda y el resto asiente. La borrasca se convierte en tempestad cuando el que manda roba y el resto no dice nada. Digo robar, pero pueden añadirse un sinfín de conductas inapropiadas. En todo esto surge la eterna pregunta ¿Quiénes son más culpables los que la hacen o los que se callan? ¿admitimos entonces que un político se beneficie de su cargo y que los demás no tienen culpa alguna, aunque supieran del delito perpetrado? Bienvenidos a la nefasta y maldita disciplina de partido.
El problema que le veo yo a todo este numeroso “ejército de muditos” es que soy de los que piensa que la confianza en las instituciones debería ser el pilar de nuestra sociedad. Esta mala praxis no es exclusiva de un partido, ideología o administración. Es un reflejo de un sistema que ha permitido que la política se deshumanice, olvidando que detrás de cada decisión hay vidas afectadas. Es el ciudadano quien sufre las consecuencias de toda ineficacia, corrupción y desidia.
Juan Ussía/director La Mirada Norte