La corneta electoral y el silencio cómplice….la opinión del director de La Mirada Norte
Aunque las próximas elecciones municipales y autonómicas están previstas para mayo de 2027, cualquiera que preste un poco de atención sabe que la corneta electoral ya ha empezado a sonar. Todavía de fondo, es cierto. Como una música lejana que apenas se percibe. Pero después del verano sonará con toda su fuerza y pocos serán capaces de ignorarla.

Llegará entonces el momento de los anuncios, de las promesas, de las inauguraciones, de las visitas a barrios y urbanizaciones y de esa repentina cercanía al ciudadano que algunos descubren cada cuatro años. Los partidos políticos comenzarán a enfundarse el uniforme de campaña y la política dará paso a la estrategia electoral.
Sin embargo, conviene recordar una vieja enseñanza que la experiencia se empeña en confirmar una y otra vez: las encuestas las carga el diablo. Queda mucho tiempo por delante y nada está decidido. Un error, una investigación judicial o simplemente un cambio de humor de los ciudadanos puede alterar cualquier pronóstico.
Normalmente, cuando se acercan unas elecciones, también se pone en marcha el conocido ventilador de basura. Aparecen informaciones, denuncias, acusaciones y filtraciones sobre unos y otros. La diferencia es que en esta ocasión el ventilador lleva funcionando prácticamente ocho años sin descanso. A estas alturas, pocos españoles pueden decir que se sorprenden al abrir un periódico o escuchar un informativo.
Vivimos una sucesión constante de presuntos casos de corrupción, investigaciones judiciales, grabaciones, comisiones, favores y sospechas que están provocando algo todavía más preocupante que el propio escándalo: el deterioro de la confianza en las instituciones. Y cuando los ciudadanos dejan de creer en quienes administran lo público, el problema ya no afecta a un partido o a un gobierno concreto. Afecta al conjunto del sistema.
Existe una frase atribuida a Albert Einstein que dice que el mundo no será destruido por quienes hacen el mal, sino por aquellos que los observan sin hacer nada. Quizá ahí encontremos una de las claves de lo que nos está ocurriendo.
Porque tan grave como la actuación de quien presuntamente se corrompe es el silencio de quienes le rodean. El del compañero que sabe, el del asesor que conoce o el del cargo público que mira hacia otro lado.
Ese silencio cómplice es el que termina debilitando las instituciones.
Por eso España necesita recuperar los contrapesos. Funcionarios independientes capaces de aplicar la ley sin mirar el color político del despacho que tienen enfrente. Organismos fiscalizadores que fiscalicen de verdad, jueces que juzguen y servidores públicos que recuerden que su obligación es con los ciudadanos y con la ley.
Quizá sea la única forma de empezar a reconstruir la confianza perdida.
Porque las elecciones van y vienen. Los gobiernos cambian. Las mayorías suben y bajan. Pero hay algo que nunca debería cambiar: que ningún cargo público olvide que los regalos, los favores y las prebendas recibidas por razón de su cargo tienen un nombre muy concreto en nuestro Código Penal. Y ese nombre es cohecho.