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Inmigración, legalidad y Estado de Derecho

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La política migratoria se ha convertido en uno de los principales debates sociales, políticos y jurídicos en España. Durante años, esta cuestión se ha abordado desde posiciones marcadamente ideológicas, dejando en un segundo plano un aspecto esencial: el cumplimiento efectivo de la ley y la capacidad del Estado para garantizar el equilibrio entre derechos, seguridad y cohesión social.

España, como cualquier Estado democrático, tiene derecho a controlar sus fronteras y a establecer mecanismos legales que regulen la entrada y permanencia de personas extranjeras en el territorio nacional. Defender esta idea no supone atacar a quienes llegan buscando una oportunidad, sino recordar un principio básico de cualquier democracia moderna: ningún Estado puede funcionar correctamente si renuncia a aplicar sus propias normas. Esta concepción ya estaba presente en la propia Ley de Extranjería, diseñada para compatibilizar derechos y control legal de los flujos migratorios, aunque durante años su aplicación práctica se haya realizado de forma irregular o claramente condicionada por intereses políticos.

En los últimos años, distintas iniciativas judiciales y debates constitucionales han planteado si determinadas decisiones políticas en materia migratoria se han ajustado realmente al marco legal vigente. La discusión no es menor. La Constitución Española garantiza principios fundamentales como la legalidad y la seguridad jurídica, y atribuye además al Estado la competencia exclusiva en materia de inmigración y control de fronteras. Por ello, resulta plenamente legítimo que existan recursos judiciales y control institucional sobre actuaciones que afectan directamente a la soberanía nacional y al funcionamiento de los servicios públicos.

Sin embargo, durante demasiado tiempo los grandes partidos del bipartidismo han evitado afrontar este problema con claridad. Tanto gobiernos de izquierda como de derecha han mantenido políticas marcadas por la improvisación, la falta de control efectivo y, en ocasiones, una evidente incapacidad para aplicar con firmeza la legislación ya existente. El resultado ha sido una creciente sensación de inseguridad jurídica y desconfianza institucional entre muchos ciudadanos.

La cuestión migratoria no puede analizarse únicamente desde un plano emocional. También debe abordarse desde la realidad social y económica que viven muchos barrios y municipios españoles, especialmente aquellos donde existe una mayor presión sobre la vivienda, los servicios públicos o la asistencia social. Ignorar estas preocupaciones o desacreditar cualquier postura crítica solo contribuye a aumentar la polarización y el malestar social.

Defender una inmigración legal, ordenada y vinculada al cumplimiento de normas no implica rechazar los derechos humanos ni cuestionar la dignidad de las personas inmigrantes. Precisamente porque el fenómeno migratorio es complejo, requiere reglas claras, control institucional y políticas responsables. La propia Constitución establece que tanto los ciudadanos como los poderes públicos están sometidos a la ley y al ordenamiento jurídico, principio que debe aplicarse también en materia migratoria.

A ello se suma una creciente preocupación social relacionada con el acceso a determinados recursos públicos en un contexto económico cada vez más difícil para muchas familias españolas. Son numerosos los ciudadanos que perciben una sensación de abandono después de décadas contribuyendo con sus impuestos al sostenimiento del sistema, especialmente pensionistas, trabajadores y familias de clase media que observan cómo aumentan las dificultades para acceder a vivienda, ayudas sociales o determinados servicios básicos. Ignorar esta realidad no contribuye a resolver el problema, sino a incrementar la distancia entre las instituciones y una parte importante de la sociedad.

Europa atraviesa un momento decisivo en materia migratoria y España no es ajena a esta realidad. Cada vez más ciudadanos reclaman un debate serio, alejado de eslóganes y centrado en el cumplimiento de la ley, la protección de las fronteras y la defensa de la cohesión social. Durante años, muchos responsables políticos prefirieron mirar hacia otro lado. Hoy, sin embargo, una parte creciente de la sociedad exige recuperar el principio de legalidad y recordar que el respeto al Estado de Derecho debe situarse siempre por encima de intereses partidistas o cálculos ideológicos.

Detrás del debate jurídico y político existen también preocupaciones reales de muchos ciudadanos que sienten incertidumbre ante el futuro, dificultades económicas crecientes y una percepción de pérdida de control institucional. Escuchar esas inquietudes no debería considerarse un discurso excluyente, sino una obligación democrática. El Estado de Derecho no solo protege derechos y libertades, sino también la convivencia, la seguridad jurídica y la confianza de los ciudadanos en que las leyes se aplican de forma igual y efectiva para todos. Precisamente por ello, afrontar el debate migratorio desde la legalidad, el equilibrio y la responsabilidad institucional resulta hoy más necesario que nunca.

Marcela Reigía Vales

Abogado

@rv_marce