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Esos que sacan seises

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Es época de graduaciones. Chicos y chicas rozando, arriba o abajo, la mayoría de edad se despiden de la etapa escolar. Y lo hacen tan contentos: muchos orgullosos por sus notas, otros felices de que por fin acabe el cole, otros pendientes de eso que una sobrina mía llama “el mejor verano de nuestras vidas”.

Me toca escribir este artículo con la nostalgia de estar en la noche previa a la graduación de mi hijo pequeño. El viernes no solo dará comienzo el fin de semana, sino una nueva etapa para él, como estudiante, y para mí, como madre. A partir de mañana, ya no tengo hijos en el cole. Suena fuerte, ¿no?

Recuerdo como si fuera ayer cuando los llevaba al colegio a los tres, siempre con la broma de que me faltaba una mano. Peleaban por cogerla. Esa mano que ahora intento que me den cuando vamos por la calle. ¡Ay, la vida! Todo se va, todo volverá.

Que me perdonen por contarlo aquí, pero ninguno de mis hijos ha sido de sacar las mejores notas. Han sido, como se dice, bastante “normalitos” en sus calificaciones. Y entiéndase por “normalitos” eso que es rondar el seis, con algún cinco y algún ocho; alguna remontada, alguna alegría y algún disgusto. Ninguno de ellos ha sido elegido para leer el discurso de graduación, una pena porque nada me gusta a mí más que un buen discurso. Y, sin embargo, no siento ningún miedo ante su futuro.

Han logrado los tres, en tres estilos radicalmente distintos, ser unas bellísimas personas. Con valores de verdad, de los que calan hondo, de los que afloran en los momentos más “jodidos” por los que, a veces, pasamos las familias. Por eso se dan pocos diplomas, aunque tampoco los necesitemos.

Sé que algunos de sus talentos han permanecido ocultos para sus profesores. Y sé también que algunos profesores han sabido sacar de ellos su mejor versión. El cole, como la vida, no es perfecto ni es igual para unos que para otros.

En la graduación del pequeño, para su sonrojo, lloraré de emoción escuchando al director decir cosas magníficas, llenas de sentido cívico y educativo. Disfrutaré al ver cómo les llama a aportar al mundo y no a comerse el mundo. Veré a los alumnos distinguidos, esos que han destacado con sus notas, recibir diplomas especiales y, sí, envidiaré por unos segundos a sus madres. ¡Qué merecido orgullo!

Luego miraré a los dos que estarán sentados conmigo, a mi marido y al que sube a recoger su diploma con sus notas “normalitas”, y dejaré de envidiar porque sentiré exactamente el mismo orgullo.

Y es que somos una familia de tantas que sacan seises, con algún cinco a veces y hasta con algún ocho otras. Pero le ponemos ganas, empeño y compromiso. Y, en los días buenos, mucha alegría. ¡Qué gran celebración que es solamente suyo!

A todos los que se gradúan estos días, muchas felicidades. Que la bondad y las ganas de añadir valor al mundo os acompañen. Porque menudo mundo este que algunos os querréis comer. Como se viene diciendo de generación en generación, sobre todo: sed buenos… ¡Y a por la vida!

Teresa Alonso Majagranzas