El silencio que sale caro…la opinión del director de La Mirada Norte
Cada vez que ocurre una desgracia evitable —como el trágico accidente ferroviario de Adamuz— reaparece la misma pregunta incómoda: ¿cómo hemos llegado hasta aquí? No es una cuestión de mala suerte ni de hechos aislados.

Es la consecuencia directa de años de decisiones mal tomadas, de mantenimientos aplazados y de responsabilidades diluidas en una cadena de mandos donde casi nadie responde. Y, como siempre, el precio lo pagan los ciudadanos.
Durante mucho tiempo, la política fue un terreno reservado a perfiles preparados. Personas con oficio, con criterio y con conocimiento real de la administración que gestionaban. No eran perfectos, pero sabían dónde estaban y para qué servían. Hoy, sin embargo, el panorama es muy distinto. Los partidos han convertido demasiados espacios públicos en refugios para fieles, no para capaces.
Se ha ido conformando una legión silenciosa de cargos colocados a dedo, sin experiencia ni méritos, cuya principal habilidad es no destacar, no contradecir y no molestar. No hablan, no opinan y, sobre todo, no asumen responsabilidades. Son los nuevos muditos de la política y de la administración. Ocupan puestos clave, cobran sueldos públicos y, cuando llegan los problemas, desaparecen tras el argumentario o el despacho cerrado.
El verdadero problema no es solo la mediocridad, sino el silencio. Callar ante una mala decisión también es decidir. Mirar hacia otro lado cuando algo funciona mal es formar parte del problema. La disciplina de partido ha convertido la obediencia ciega en virtud y el pensamiento crítico en un riesgo laboral. Así se normaliza la incompetencia y se protege al que manda, aunque mande mal.
Esta forma de actuar no distingue siglas ni ideologías. Es un vicio sistémico que se ha infiltrado en demasiadas capas de la administración. Cuando los puestos se reparten por afinidad y no por capacidad, el resultado es una gestión débil, lenta y peligrosa. Y esa debilidad no se queda en los despachos: se traduce en servicios deficientes, infraestructuras mal mantenidas y decisiones que afectan a la seguridad y al bienestar de todos.
La confianza en las instituciones no se pierde de golpe, se desgasta poco a poco. Cada error sin consecuencias, cada silencio cómplice y cada cargo inútil sostenido con dinero público la va erosionando. Hasta que un día ocurre una tragedia y todos miramos a otro lado preguntándonos cómo ha podido pasar.
Juan Ussía/director La Mirada Norte