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Cuando la basura se mira con lupa

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Recibí hace unos días una amable comunicación de la presidenta de mi comunidad. En ella me recordaba, con tono casi pedagógico, que el nuevo pago de la tasa de basuras “fomenta la responsabilidad ciudadana” y “responde a una exigencia europea”.

Qué alivio saber que, además de separar el vidrio y el cartón, ahora podremos separar también parte de nuestro sueldo para cumplir con la sostenibilidad. Parece que el reciclaje se ha convertido en una nueva forma de redención fiscal: quien paga, purifica.

Lo curioso no es tanto el cobro en sí —ya contribuimos al servicio de limpieza a través del IBI y de los impuestos municipales—, sino la naturalidad con la que se nos impone una tasa más, presentada como innovación ecológica y obediencia comunitaria. Nos dicen que “viene de Bruselas”, ese mantra mágico que convierte cualquier decisión local en mandato celestial. Pero lo cierto es que Bruselas no obliga a cobrar una tasa por generación de residuos; solo exige transparencia en los costes y medidas que incentiven la reducción. La forma y el importe dependen de cada ayuntamiento. Y ahí está la clave: hay margen para aplicar, modular o incluso eximir, pero muchos consistorios —especialmente en la zona norte de Madrid— han optado por la vía rápida de la recaudación.



El discurso oficial es pulcro: quien contamina paga, quien recicla gana, quien se queja no entiende. Sin embargo, bajo ese barniz verde se oculta un diseño jurídico más que discutible. El artículo 31 de la Constitución Española proclama que el sistema tributario debe basarse en la justicia y la no confiscatoriedad, mientras el principio de capacidad económica exige que cada ciudadano contribuya según sus medios y no dos veces por el mismo concepto. Si el servicio de recogida de basuras ya se financia con impuestos municipales, ¿por qué volver a cobrarlo como tasa específica? La doctrina tributaria lo llama doble imposición; los vecinos, con más acierto, lo llaman abuso.

La Ley Reguladora de las Haciendas Locales permite crear tasas por servicios individualizados, pero no cuando ya existe una contraprestación general cubierta por impuestos. Si el camión recoge la basura de toda la calle sin distinguir entre viviendas, ¿dónde está esa individualización? La respuesta es sencilla: en la imaginación contable de los ayuntamientos, que han encontrado en la basura un nuevo filón normativo.

Nos hablan de sostenibilidad, pero lo que se sostiene es el presupuesto municipal. Nos piden responsabilidad ciudadana, mientras la institucional brilla por su ausencia. Y lo más irónico es que, con tanto control del cubo y tanta digitalización del residuo, el sistema se aproxima a un modelo de vigilancia doméstica. Porque ahora la basura también tiene ojos: sensores, chips y códigos QR que registran cuándo y cuánto depositas. La economía circular, al parecer, también incluye el círculo de la sospecha.

Aun así, no todo está perdido. El Derecho ofrece herramientas: los vecinos pueden impugnar la tasa ante los tribunales contencioso-administrativos, alegando vulneración de los principios de igualdad (art. 14 CE), capacidad económica y prohibición de doble imposición (art. 31 CE). Ya hay precedentes en los que jueces han declarado nulas ordenanzas similares por falta de justificación técnica o por confundir servicio público con recurso fiscal encubierto.



Mientras tanto, los ayuntamientos aprueban coeficientes y tramos con entusiasmo normativo. Nos piden paciencia, comprensión y puntualidad en el pago. Lo que no piden, curiosamente, es consentimiento. Y así, entre boletines oficiales y promesas ecológicas, uno empieza a sospechar que el reciclaje no es solo de vidrio y papel, sino también de argumentos políticos. Porque la basura no desaparece: solo cambia de cubo. Y, a veces, el más lleno no es el de la calle, sino el del Ayuntamiento.


Marcela Reigía Vales

Abogado
@rv_marce