Conversar
Se está poniendo difícil eso de mantener una conversación. Nos cuesta llamar y nos cuesta mirar a los ojos al que nos habla sin caer en la tentación de que el móvil se cuele para distraer e interrumpir.
La última
Cuando éramos más jóvenes había una sola línea en casa, y el teléfono siempre estaba ocupado; normal entre siete hermanos. Escuchábamos a mi padre decir: “¡Colgad ya!”, y flotaba en el aire la pregunta: ¿qué se estarán contando tanto rato? Hoy, en cambio, con un teléfono siempre pegado a la mano, hablar se nos hace cuesta arriba. Nos mandamos mensajes, empezamos a enviar audios que se responden con más audios… y el día que un hijo nos llama no podemos evitar, nada más descolgar, contestar con una gran exclamación: “¡¡¿Estás bien?!!” Y, claro, por eso no llaman más.
No paro de ver mesas en verano repletas de familias de vacaciones cuyos miembros están cada uno mirando su propio móvil. No crean; yo no soy una excepción, aunque en casa tengamos prohibido el móvil en la mesa. Pero parece que el tiempo que pasamos juntos tiene un límite y tenemos que salir un instante a ver si el móvil nos trae algo nuevo. O sale la abuela en la conversación y se nos ocurre hacernos una foto para enviársela. O sacamos el móvil para grabar a ese músico callejero que nos recuerda a Luis Ramiro en lugar de abrazarnos y balancearnos correspondiendo al artista con un baile lento entre “relocos y recuerdos”.
Conversaciones interrumpidas por un aparato que nos permite llegar a millones de personas… pero que nos dificulta estar al cien por cien con quienes tenemos delante.
Y llegan las excusas: “un momento, es un tema de trabajo”; “solo voy a hacer una foto”; “espera mamá que estoy quedando”. Y así, sin darnos cuenta, hemos dejado de estar presentes.
Nos estamos acostumbrando a un lenguaje fácil, corto, inmediato, sin descripciones. Cuando alguien nos está contando algo que ha pasado, nos irrita que no llegue al final y le cortamos, le metemos prisa para llegar pronto a la conclusión. Estamos escuchando en formato red social y hay que correr para pasar a otra pantalla.
Recuerdo como un tesoro las conversaciones con mi padre y con mi suegro. El primero no hablaba mucho, pero cuando lo hacía, éramos el auditorio perfecto: atentos a su elegante forma de narrar, a sus vastos conocimientos de historia o de la actualidad, a su acertado criterio. Y mi suegro, Ángel. Él contaba historias siempre personales de otros tiempos; compartía sus recuerdos con generosidad; batallitas de abuelo contadas en la sobremesa con un café y el brillo intenso de sus ojos verdes. A veces he lamentado no haberles grabado hablando conmigo; luego, lo pienso y agradezco que nada en aquellos momentos me distrajera de lo importante.
Y aun así, sin que ella se de cuenta, me descubro grabando a mi madre cada vez que se ríe o que me cuenta una historia. Y es que también hemos perdido la fe en nuestra memoria sin darnos cuenta de que el tiempo, solo mejora los recuerdos.