A ese amigo de la infancia
Hay amistades que no se explican, se sostienen en el tiempo. Las de la infancia tienen algo muy especial: no necesitan esfuerzo, ni contexto ni continuidad. Basta un reencuentro para volver exactamente al mismo lugar. Son amistades en las que te sientes libre porque sabes que no tienes nada que demostrar… y que no hay nada que esconder.
La última
Ese amigo de la infancia, el de la casa en la que siempre estabas, con el que pasabas el tiempo en verano, acaba convirtiéndose en un gran tesoro. Nadie como él sabe quién eres, y con nadie como con él puedes sentirte tan en casa. Es como un hermano, pero sin las cositas de la convivencia.
Yo tengo la suerte de tener uno. Mi amigo de la infancia recorre con su nombre y su apellido el alfabeto entero: su nombre empieza por A y su apellido por la Z. Lo conocí cuando yo tenía 9 y él 8. A esas edades, lo que realmente importaba era el curso en el que estabas; yo empezaba siempre un año antes que él las distintas etapas escolares. Lo que pasa es que este amigo mío era, además, un amigo de verano. Así que el cole y otras obligaciones, cuando estábamos juntos, no suponían sino el inicio y el final de nuestros veranos.
Con aquel amigo de la infancia jugué con los cacharritos, a las cartas (¿recuerdan el juego del burro con castigo?); vivimos el drama de Chanquete; enfrentábamos nuestros barcos piratas; íbamos en la bici jugando a recorrer un pueblo en el que poníamos gasolina en la caseta del portero y hacíamos la compra arrancando plantitas… Queríamos ser mayores.
Crecimos. Comenzamos a fumar tumbados en nuestras toallas, a vernos y a saber que teníamos resaca del día anterior; a contarnos aventuras y rolletes. Ya creíamos ser mayores, aunque luego nos tirábamos a la piscina siendo él el capitán Apolo y yo su teniente Starbuck. Porque, aunque un poco más mayores, nos encantaba poder ser niños juntos.
La vida es eso, ¿no? Cuando eres pequeño quieres ser mayor y cuando eres mayor, tantas veces quieres ser pequeño. El amigo de la infancia hace posible lo imposible, porque con él, no dejas de poder ser la niña que fuiste.
Con él me siento igual al reír y al llorar, porque conocemos desde niños nuestras emociones. Con él sé que podemos herirnos y fallarnos como hicimos tantas veces de pequeños para luego volver a jugar como si nada hubiera pasado. En un mundo en el que muchas cosas se vuelven difíciles, ese amigo que te devuelve a quien eras cuando todo era más sencillo se convierte, sin hacer ruido, en un refugio frente a todo lo demás.
Así que gracias, amigo Zuga.