Moda y Tendencias

Verano, verbenas y ‘Paquito el chocolatero’

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Estamos viviendo unos días especiales de descanso, de olvidarnos de los meses en los que no tenemos más remedio que concentrarnos en cosas más serias que nos van a permitir gozar, unos más y otros menos, de las fiestas populares que nos acompañan desde niños: las verbenas.

El protagonismo en esta ocasión de la música no va de conciertos. Va de escenarios montados generalmente en las plazas de los pueblos, son gratis y nadie se los quiere perder. Forman parte de toda una vida de momentos alegres y desenfadados, tremendamente positivos para el cuerpo y el espíritu.

Y en ese escenario montado sin demasiada parafernalia, pero con mucho cariño e ilusión, veremos desfilar algún grupo o cantante de moda que se haya podido pagar por las alcaldías. Diferentes propuestas con diferentes criterios, pero en donde nunca faltan esas orquestas maravillosas que sólo se ponen en acción en estos acontecimientos de verano, pero que son las más drifutadas por su extenso y maravilloso repertorio para toda clase de públicos.

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Nos regalan sus versiones de todas las canciones del verano, que hemos oído ya algo y podemos hacer los coros, y bailarlas, por supuesto, cada uno a su manera. Este año destacan «Potra Salvaje Hard Remix» (Isabel Aaiun y Fernando Moreno), «Espresso» (Sabrina Carpenter) y «El Pantalón»  (Omar Montes, Lola Indigo y Las Chuches), por ejemplo, pero nadie puede con “Paquito el chocolatero”, indiscutible en todas las verbenas, un pasodoble que tiene, más o menos, un siglo.

 

“Paquito el chocolatero” es la pieza indiscutible y no hay verbena o evento popular en España que se precie que no acabe con los acordes alegres de esta composición. Pero ‘Paquito’ es mucho más, es el pasodoble más famoso del mundo y se ha llegado a considerar el himno oficioso de España por su gran popularidad. Una obra que puede ser, a partir de su autor, de película por cómo fue su autor, como la compuso y cómo se popularizó.

Según un informe de la SGAE, es la pieza musical más interpretada en vivo y se considera la composición musical española más interpretada del mundo y la más versionada.

Ha sido reproducida en más de 40 países de los cinco continentes, incluidos destinos tan lejanos y exóticos como Japón o Australia. Incluso intérpretes famosos han creado sus propias versiones, como la famosa adaptación de King África o la del grupo Los Inhumanos. Y no quiero dejar de incluir el video producido en el Bernabéu con motivo del partido de España contra Italia que nos da otra dimensión la popularización de “Paquito”.

Pero lo que no todo el mundo sabe es quién fue Gustavo Pascual Falcó, el compositor contestano autor de esta obra universal.

Tal como atestigua el hijo del compositor, también de nombre Gustavo, «la mayoría de veces se ha tocado de oído». Incluso cuenta que en un famoso programa de Televisión Española le preguntaron si existía partitura, ya que su propagación y popularidad se debió en gran parte a que «es una pieza pegadiza, sencilla y fácil de interpretar». Opina que la clave de su éxito es la alegría que desprende la melodía y atestigua que las diferentes interpretaciones que se han hecho a lo largo de la historia son bastante fidedignas con respecto a la partitura original, que se conserva en el Museo Festero de Cocentaina, junto a la guitarra con la que Gustavo Pascual compuso la pieza.

“La vida de mi padre no fue fácil. El padre de su mujer se oponía a su matrimonio, por ser una persona enfermiza. Finalmente se casa, y al año de casarse muere su madre, y también falleció con pocos años su primer hijo varón, también de nombre Gustavo, con apenas cuatro años”. Al poco de estallar la Guerra Civil estuvo ingresado en el Hospital de Alicante y en 1937 lo mandan a casa, donde le dicen que no salga mucho para que no lo llamen a filas. En este periodo de descanso forzado se dedica a componer varias piezas para las fiestas de Moros y Cristianos, es en este momento cuando se fragua la inolvidable melodía.

Un día de agosto de ese año le visita su cuñado Paquito, de apodo el chocolatero y también músico, así como un gran festero. Le ofrece para dedicársela una de las tres piezas compuestas, y Paquito, que sabe leer las partituras porque tocaba el bombo y el plato, «elige la más alegre de todas». Así comienza la leyenda del celebérrimo pasodoble.

La vida de Gustavo Pascual Falcó se truncó pronto. A la corta edad de 36 años fallece por la afección renal que le había acompañado desde niño. Lo entierran un Viernes Santo, con el traje de gala de la Unión Musical Contestana, acompañado por toda la banda que, aunque portaba sus instrumentos, no pudo tocar unos acordes para despedirlo, ya que en 1946 la música estaba prohibida en Semana Santa.

Tras de sí dejó un importante legado musical, con ‘Paquito el chocolatero’ como obra cumbre, y cuyo éxito nunca llegó a soñar, así como varios hitos en el ámbito de la música. Fue creación suya la inversión de la formación de las bandas, con los instrumentos más grandes al final, en la interpretación de las marchas moras, y también fue uno de los artífices, junto a un grupo de amigos, de la fusión de las dos bandas de Cocentaina y el nacimiento de la Unión Musical Contestana.

Gustavo Pascual Falcó nació en Cocentaina (Alicante) el 15 de mayo de 1909. Sus padres fueron José Pascual Martí y Patrocinio Falcó Ferrer; fue el último hijo del matrimonio y el tercero por orden cronológico, después de Patrocinio y José.

Su padre poseía cierta formación (tomando la media de la época) pues sabía leer y escribir correctamente. Este ambiente instructivo es trasladado a sus hijos, y Gustavo sigue unos estudios primarios básicos que le ayudarán en su posterior formación musical. Ya desde pequeño Gustavo fue un niño enfermizo, de salud delicada. Esta condición anómala le marcará el resto de su vida.

Tenía un carácter introvertido, bastante serio y lleno de responsabilidad. Algo de ambiente musical tuvo en su familia, pues su padre fue presidente de la rondalla “La Paloma”. Pero en el caso de Gustavo su afición por la música fue algo que surgió desde el interior de su yo, lo que algunos denominan vocación. Desde pequeño acude a clases de solfeo. Su primer maestro fue Antonio Pérez, padre de Enrique Pérez Margarit, que a la vez será maestro y gran amigo de Gustavo.

Ya iniciado en los primeros pasos musicales, tuvo que decantarse por un instrumento para empezar sus prácticas: el clarinete, del que llegará a ser un virtuoso instrumentista.

A los diez años ya tocaba en la banda municipal de su pueblo y a los 14 años dominaba hasta tal punto este instrumento que era ya solista de clarinete. Resultaba gracioso ver a un niño tan pequeño tocar tan bien. Parecía que el instrumento le pudiera a él, cuando en realidad era todo lo contrario. Para él no existían secretos mecánicos, poseía una gran facilidad digitativa, sonoridad y limpieza de ejecución.

Al ser persona de salud endeble y enfermiza, sus padres no le permitieron salir fuera de Cocentaina para cursar estudios musicales. Esta es una de las cosas que más marcan la vida de Gustavo, pues si al ingenio que ya poseía, se le hubiera dado una educación musical adecuada, podemos afirmar con seguridad que sus composiciones habrían aumentado de número, habría comenzado a una edad más temprana a componer y su técnica habría sido más depurada.