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Sin vivienda no hay futuro

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Hay desarrollos urbanísticos que cuentan la historia de una ciudad. Y luego está Valgrande, que cuenta la historia de su política. Veinte años, cuatro alcaldes, varios pactos de gobierno, rupturas, alianzas inesperadas y un proyecto que ha ido avanzando o retrocediendo según soplaba el viento político de cada mandato.

La realidad es incómoda, pero evidente: en Alcobendas no han sido los criterios urbanísticos, ni el interés general, ni la planificación a largo plazo los que han marcado el destino de Valgrande. Ha sido la política. Y, en demasiadas ocasiones, sus luchas internas.

Desde que José Caballero lo planteó por primera vez, pasando por la aprobación de Vinuesa en 2018 con medio Ciudadanos en contra, hasta el rediseño que hicieron PSOE y Ciudadanos —con guerras internas tan sonoras que hoy aún resuenan—, Valgrande ha sido rehén de los equilibrios de poder. Cada cambio de gobierno ha traído un cambio de discurso, pero no un cambio de realidad sobre el terreno.

Mientras tanto, Alcobendas crece sin ofrecer a muchos de sus vecinos —especialmente a los más jóvenes— una opción razonable para independizarse o quedarse a vivir aquí. No hablamos de un problema abstracto: hablamos de hijos que no pueden irse de casa, de parejas que renuncian a formar una familia porque no llegan al alquiler, de vecinos de toda la vida que se ven obligados a marcharse porque su ciudad ya no se la pueden permitir.

El problema de la vivienda es, hoy, uno de los grandes lastres de nuestro país. La carencia de viviendas y su precio desorbitado, provocado precisamente por esa falta de oferta real, es una metástasis que invade casi todos los puntos del territorio. La virulencia de esta situación obliga a muchos ciudadanos, jóvenes y no tan jóvenes, a compartir habitaciones en lugar de poder acceder a una vivienda. Esta realidad no podemos seguir aceptándola como algo inevitable. ¿Hasta cuándo vamos a permitir que esto suceda? La coyuntura actual lastra el futuro de las siguientes generaciones en todos los sentidos. No solo dificulta la creación de una futura unidad familiar, prácticamente imposible en estas condiciones, sino también su proyecto de vida. La única solución pasa por construir muchas más viviendas allí donde hacen falta, pero a un precio real, acorde a la demanda y a los salarios.

Valgrande es necesario. Lo era hace veinte años y lo es todavía más ahora. Pero es legítimo preguntarse cuántas oportunidades se han perdido por convertirlo en un campo de batalla partidista. Nadie lo admitirá en voz alta, pero todos lo saben: si este proyecto no hubiera estado atravesado por rivalidades internas, vetos cruzados y cálculos electorales, hoy estaría urbanizado.

La aprobación reciente permite mirar hacia adelante. Pero sería un error no mirar también hacia atrás y entender por qué Alcobendas ha llegado tan tarde a Valgrande. Las ciudades que progresan son las que deciden antes, no las que discuten más tiempo. Y Alcobendas, en este caso, ha discutido demasiado.

Porque, al final, los desarrollos urbanísticos no son de los partidos. Son de los vecinos. Y con el futuro de los vecinos no se debería jugar durante veinte años.

Juan Ussía/director La Mirada Norte