Rubens y compañía en el Museo del Prado
Hasta el 16 de febrero se puede visitar en el Museo del Prado la exposición “El taller de Rubens”, en la que se explora su forma de colaboración con los numerosos ayudantes que trabajaron para él.

Rubens gozó de un gran éxito y fama en la Europa del s. XVII, con una gran producción, que le hizo rico y además de a la pintura se dedicó a la diplomacia, consiguiendo firmar tratados de paz entre las grandes potencias.
En esta exposición podemos conocer cómo era su taller, porque los cuadros tenían un proceso de fabricación, eran creaciones que respondían no solo al talento, también al oficio.
Los talleres eran espacios grandes en relación a las casas de la época, con un gran trasiego de personas y actividad, circulaban, además de los pintores, los vendedores de tablas, pigmentos, lienzos, marcos y embalajes para la exportación.
Rubens llegó a tener 25 ayudantes trabajando con él en Amberes, pintores expertos, la gran cantidad de pedidos no le permitía formar a jóvenes, con la excepción de van Dyck, que entró con 17 años y gran talento.
El pintor dirigía y organizaba su taller de manera metódica, como verdadera empresa, consiguiendo crear la “marca Rubens”, una marca de lujo.
En la exposición vemos la paleta, con el orden de colores que seguían, el blanco el más cercano al pulgar, era el más utilizado y el que más podía manchar al resto, Rubens instruía “el blanco es veneno para la pintura, úsalo sólo en las partes destacadas”; se exponen también pinceles, telas, caballetes y un tiento, vara de madera de 1 metro, terminada en una esfera cubierta de tela que sujetaban con la mano izquierda, junto a paleta y pinceles, y en la que apoyaban la derecha para pintar. En la sala podemos oler a trementina, olor que inundaba el taller, y que se utilizaba para licuar la pintura.
Los cuadros se realizaban por fases, cada una con varias capas, que tardaban en secar hasta dos semanas, esto suponía que se podía trabajar simultáneamente en muchas obras y que se podían solapar varios pintores en el mismo cuadro, que solían finalizar en 2 meses.
Se comenzaba por un pequeño dibujo sencillo, que se enseñaba al cliente, este boceto se trasladaba mediante una cuadrícula al tamaño final del cuadro, lo que permitía ampliar manteniendo la proporción original. Seguía la imprimación, tono que se daba al lienzo, el boceto se calcaba con carboncillo y con un pincel y color negro se dibujaba el boceto en grande, así se obtenía el bosquejo, al que se daba forma y volumen, después se pintaba con color.
Rubens podía intervenir en todas las fases, en algunas o en ninguna, su taller le suplía, aunque, lógicamente, el precio de la obra variaba según el grado de su intervención, pero todos ellos eran “marca Rubens”.
En una carta a un cliente insatisfecho, el artista le dice “si hubiera sabido que quería un original, se lo habría enviado, pero el precio sería el doble del cuadro de taller”.
No se puede negar que dirigiera expertamente la “Compañía”…