¡Que nos quiten lo bailado!
Hace unos días una mujer a la que conozco muy bien ha celebrado la vida. Lo ha hecho porque le tocaba una cifra redonda, ni más ni menos que 90 años. Y eso es mucho que celebrar. Enmarcar nueve décadas en la historia reciente de España es detenerse a pensar en todo lo que han visto sus ojos: primero en blanco y negro y, después, a todo color.
La última
Estos días he visto varios documentales y películas del especial emitido por el 50 aniversario de la muerte de Franco. Y no dejo de pensar en todos los cambios que este país ha atravesado. ¿Y qué se sentirá al haberlos vivido? A intentar comprenderlo nos invitó un magnífico vídeo que resumió en 17 minutos la vida de una mujer nacida en Madrid, el 14 de noviembre de 1935.
La cumpleañera guarda en la memoria una posguerra sin adornos y los largos años de la dictadura. Aún sonríe cuando habla de la llegada de la lavadora, un acontecimiento infinitamente más transformador para su día a día que la llegada del hombre a la Luna: en un país donde el rol doméstico recaía por completo en la mujer, con familias numerosas y pañales que se lavaban a mano, aquello sí fue una revolución.
Vivió la muerte de Franco, la Transición y el golpe de Estado. Conserva en el corazón lo que significó la Constitución de 1978 y, sobre todo, el alivio profundo al comprobar que lo que venía no era otra guerra. Creció escuchando hablar de dos guerras mundiales, convencida de que jamás habría una tercera. Todavía siente el escalofrío que recorría el país con cada atentado de ETA. Si había bonanza, se hablaba de bonanza; si llegaba una crisis económica, de la crisis. Siempre ávidos por aprender, porque también, durante un tiempo, tuvieron hambre de cultura. Sin fallar a las urnas, incluso sin ganas, porque saben lo que costó que este país pudiera elegir.
Llegaron nuevas guerras, los atentados del 11-S y del 11-M. Y a su generación, junto a la indignación, le volvió la incomprensión ante un mundo empeñado en repetir los mismos errores. Errores de los que ya saben, por experiencia, que nadie gana.
Y también vivió la gran transformación tecnológica: la irrupción de internet, las videollamadas, la banca digital, la inteligencia artificial. Nuevas herramientas y, con ellas, nuevos riesgos. Por eso ya no contesta con un “sí” cuando le llama un número desconocido. Y es que ahí sigue, adaptándose a lo que venga. Ella y tantas mujeres que la precedieron protagonizaron una revolución cotidiana, íntima y persistente. Nos dejaron a sus hijas recorrer un camino con el que ellas ni siquiera pudieron soñar. ¿Qué podría asustarlas hoy?
Seguramente solo ven dos peligros: la invasión de la intolerancia que ya vivieron y el egoísmo que no conocieron. Esta generación vivió desde el “nosotros”, con una generosidad que no buscaba aplausos y una capacidad inmensa para seguir adelante. Y esta mujer, Paloma de altos vuelos, como tantas de su tiempo, nos dejó un país mejor porque lo sostuvo en silencio, con amor, con trabajo y poniendo siempre el “nosotros” por delante de todo lo demás.
A España y a ella, que nos quiten lo bailado.
Gracias por celebrar la vida.