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Oratoria

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La oratoria es un arte. Según la RAE es “el arte de hablar con elocuencia”. Y como cualquier disciplina artística, hay una parte innata que tienen algunas personas y otras no. En ambos casos, la oratoria requiere formación y práctica sin encorsetar nuestro discurso. ¿El objetivo? Impactar con honestidad.

Tambab

“Todo comunica” es el lema de mi vida; es lo que me llevó a estudiar Periodismo y dedicarme, desde muy joven a la comunicación corporativa empresarial. El estudio del impacto de una imagen, de un sonido, de la música, de las palabras bien elegidas, del relato, de la voz, los gestos y mensajes es una constante y una gran pasión.

La oratoria debería ser una asignatura que estudiar desde niños. Como lo es la música. Tenemos dos instrumentos magníficos que son nuestra voz y nuestro cuerpo y los utilizamos cada día. Entonces ¿por qué nos olvidamos de trabajar en que funcionen armoniosamente desde pequeños?

En mi carrera, he tenido la oportunidad de formarme y de formar en oratoria; siempre lo he hecho individualmente, nunca en grupos. Lo hago así porque, quizá sea solo mi impresión, pero vengo detectando que parece imponerse un tipo de discurso y de comportamiento gestual que encorsetan al orador. La mayoría de los maestros de oratoria que se muestran en las redes sociales parecen tener una estructura discursiva única.

Vienen a decir: sales al escenario; cuentas una anécdota; te presentas y señalas la autoridad que tienes en la materia; haces alguna pregunta que tú mismo contestas levantando la mano con tu público; desarrollas tus ideas clave; y cierras con un mensaje super archi preparado cuyo objetivo es la ovación final. Si por el camino sacas un conejo de la chistera o bailas con mucha marcha…  ¡ovación doble!

Personal – y profesionalmente – no me gustan los corsés porque creo que no todos pueden vestir igual sus intervenciones. Inmersos en la mayor crisis de atención de la historia, si vamos a escuchar una intervención en directo, la estructura del discurso no puede restar peso al contenido; la técnica no podrá suplir determinadas capacidades; y el ensayo no deberá olvidar dejar espacio a la espontaneidad, clave de la credibilidad.

Creo profundamente en la preparación. Pero preparar no es encorsetar. Si es buen orador, dejemos que construya su discurso con la estructura que considere. Y, si no lo es, dejemos por ejemplo que lea; no es un pecado leer si se aprende a leer en público. Técnicas distintas en función de cada orador.  

Los discursos prefabricados por otros son perfectamente válidos; pero no dejan ver nada de la persona que lo pronuncia. Y es a esa persona a la que seguramente queremos ver y escuchar.