No lleves sus mochilas… o si
Comienza el curso escolar y cada familia lo afronta como puede: haciendo números, organizando los nuevos horarios, con despedidas más o menos tristes y recogidas siempre alegres, y con el firme propósito de lograr conciliar la vida personal, familiar y laboral.
Teresa Alonso Majagranzas
Conciliar es una palabra enorme cuyo significado solo las familias parecen conocer. Porque en esto nada ha cambiado desde que mi hija mayor, hace ya 20 años, entró de mi mano en el cole por primera vez.
Recordando aquellos paseos al colegio con mis hijos aún pequeños, pensé en escribir sobre la conveniencia de no cargar con las mochilas de los niños. Yo no lo hice nunca; seguramente porque siempre quise que fueran responsables de sus cosas y, además, porque cuando nace el tercer hijo simplemente no puedes hacerlo: te faltan manos.
Reconozco que cuando llevaba a mis hijos al colegio y veía a padres y abuelos cargando las mochilas de los niños, no podía evitar pensar en la metáfora de las cargas de la vida. En una época en la que el intrusismo de los padres en la escuela y en las decisiones de los profesores sigue tan presente; en la que se discute en los grupos de WhatsApp si los deberes son justos o excesivos, o si la profesora de inglés tiene el nivel que debería, observar a esos adultos llevando la mochila de sus hijos me hacía preguntarme: ¿también cargarán con los retos que la vida les ponga por delante?
Así pensaba yo hace 20 años. Hoy creo que cada familia es única y plenamente capaz de tomar sus propias decisiones. Y pienso también en la mochila de la conciliación, que esa sí que nos pesa a todos. Llevamos décadas oyendo hablar de políticas de conciliación que han fracasado. Porque, para los políticos, parece que conciliar significa multiplicar los “aparcaniños”: más guarderías, más extraescolares, horarios cada vez más extendidos y, ahora, incluso el debate sobre si las vacaciones de verano son demasiado largas. Sería una gran idea que, en lugar de eso, pensaran un poquito más en cambios estructurales de calado y menos en cómo seguir poniendo horas extras a los niños. Y, por favor, dejen de culpar a las empresas: ellas también necesitan apoyo para poder impulsar la conciliación. Y mucho menos a los profesores, a quienes esa falta de conciliación les ha cargado tantas veces con tener que enseñar en el aula lo que no da tiempo a enseñar en casa.
En la vida real, las soluciones acaban llegando de las personas: de los abuelos que ayudan, de los vecinos que recogen, de las familias que se apoyan entre sí. Y es esa red, muchas veces invisible, la que permite que todo funcione. ¿Hasta cuándo seguirán las personas teniendo que elegir entre su carrera o sus hijos? La infancia dura muy poquito… pero atenderla como corresponde resulta mortal para muchos profesionales.
Así que el debate sobre si llevar o no la mochila de los hijos no es tampoco el debate. Cada uno hace lo que le funciona, y antes de juzgarlo deberíamos tratar de entenderlo. Al final, lo importante no es si alguien carga con su mochila, sino saber que, cuando la carga pesa demasiado, siempre encontraremos manos dispuestas a ayudar.
Feliz regreso a las aulas.