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Luis Enrique, un prepotente al mando de la selección

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Seleccionar es elegir entre un grupo de objetos o personas, como es este caso. Seleccionar es también decidir entre varias opciones. En el fútbol, la persona designada para seleccionar es también el entrenador, algo que, en el caso que nos ocupa, parece que no va ser una buena decisión.

Manuel Vega

En los clubs las decisiones las toman personas diferentes al entrenador aunque se escuchen sus deseos o preferencias por tal o cual jugador, pero el entrenador, una vez compuesta la plantilla, tiene como principal trabajo sacar lo mejor de sus jugadores y plantear de la mejor manera posible los partidos para que su equipo los gane.

Luis Enrique fue nombrado seleccionador español en 2018 y tuvo un paréntesis de once meses en el cargo por motivos personales y que, en ese tiempo, fue sustituido por su segundo, Robert Moreno, quien, bajo mi punto de vista, mejoró lo que habíamos visto hasta entonces.

Robert Moreno había acompañado al asturiano desde que éste firmo por el Roma, pasando por el Celta y terminando en el Barcelona, por citar a los importantes. Pero cuando Luis Enrique, ya nombrado Moreno como nuevo seleccionador, reclamó su puesto, puso de patitas en la calle al catalán que le había acompañado tantos años. ¿Celos? No, prepotencia.

La actitud de Luis Enrique, ya en sus años de jugador, habría que calificarla en castizo como “chulería”. Pero no queremos ser ofensivos. Nos quedaremos en esa frase tan explícita de que “está encantado de haberse conocido”.

Y llegó la Eurocopa y ya empezaron los problemas con la lista de jugadores con los que pretendía hacerse un hueco en la historia. En los partidos de preparación ya se veía que España, si no conseguía ensamblar bien sus piezas y un esquema claro de juego, lo iba a pasar mal.

Contaba con la ventaja de jugar sus tres partidos iniciales en La Cartuja, un estadio proclive a grandes hazañas, con el público andaluz restringido, pero siempre entregado a la selección. Y provocó la primera desafección con esa región echándole la culpa al césped. Podía haberlo dicho en privado y solucionar el problema, pero lo dijo a voz en grito, como es su forma de hacer las cosas en las ruedas de prensa. Él siempre tiene la razón y los periodistas son tontos y no saben nada de fútbol.

Antes del partido contra Polonia, también a voz en grito, dijo que el equipo iba a ser Morata y diez más, reforzando ese deje de “chulería” que le ha acompañado en toda su carrera y que ya no le abandonara. Así es el personaje.

Morata fue el jugador más discutido en el primer partido contra Suecia por sus fallos de cara al gol. Los más benévolos destacan sus cualidades para recibir de frente y “descargar” hacia los lados, pero está claro que nunca ha sido un jugador que despierte muchas simpatías, ni que haya realizado cosas deslumbrantes.

Pero Luis Enrique, como decimos es así. Nadie como él sabe tanto de fútbol o de las cualidades de sus seleccionados. Una curiosidad es que empujó todo lo que pudo para poder contar con el vascofrancés Laporte, el jugador más nombrado por su fracaso, junto con Morata, del fracaso frente a Polonia. Por no extenderme en las polémicas por sus caprichosos cambios de jugadores que hace durante los partidos, que nunca han mejorado a los sustituidos.

Luis Enrique ha dejado gozar de sus vacaciones a jugadores que han realizado una temporada espléndida en sus clubs sin dar explicaciones porque no le da la gana. Los elegidos por él son los mejores.

Ahora sólo queda un partido definitivo para pasar a la siguiente fase cuando nadie preveía este desenlace tan lastimoso. Ha conseguido que los aficionados se desenganchen del equipo nacional y los responsables de la Federación se echan en cara unos a otros la decisión que tomaron al nombrarle seleccionador.

Haga lo que haga el próximo miércoles Luis Enrique está sentenciado, no sólo por sus decisiones y sus comentarios muy lejos de lo prudente. Le ha hundido su prepotencia y su “chulería”.