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La toma de los medios de comunicación y redes sociales por la desinformación

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En un mundo donde la información es más accesible que nunca, la desinformación se ha convertido en un fenómeno preocupante que afecta todos los niveles de la sociedad.

Aunque la desinformación existe desde que el hombre es hombre, y siempre ha sido utilizada por unos en beneficio de otros, en los últimos años vemos más preocupados que nunca a los dirigentes de muchos países incluso en la propia Unión Europea, por esta situación.

La desinformación no es sólo un problema de contenido erróneo, sino un ataque deliberado a la verdad misma. A menudo, se presenta bajo la apariencia de información legítima, utilizando tácticas engañosas para manipular percepciones y generar confusión.

Este fenómeno se ve exacerbado por algoritmos que priorizan el contenido que genera interacción por encima de su veracidad. Así, la desinformación prospera en un entorno donde la velocidad y el clic fácil han reemplazado a la reflexión crítica y al análisis serio. Y quizás esto último sea lo más grave, cada vez somos sociedades que reflexionamos menos y no tenemos interés por la búsqueda de la verdad.

Los medios de comunicación tradicionales en muchos casos han sucumbido a la presión de la opinión pública y los intereses comerciales, favoreciendo difundir el mensaje de “quién paga” sobre la verdad y la precisión periodística. Esta práctica ha erosionado la confianza en el periodismo tradicional.

Las redes sociales, mientras ofrecen plataformas para la expresión y el debate, también actúan como caldo de cultivo para la propagación de noticias falsas. La virulencia con la que se difunden los rumores es desconcertante y, a menudo, incontrolable. Los usuarios, en su mayoría, no están capacitados para distinguir entre información veraz y falsa, lo que muestra una vulnerabilidad que las plataformas digitales no han sabido abordar adecuadamente. Su respuesta ha sido en su mayoría reactiva y superficial, enfocándose en la censura más que en la educación y la promoción de una cultura de veracidad.

La legalidad de las medidas de censura, especialmente en contextos relacionados con la desinformación, resulta de difícil aplicación en legislaciones como la nuestra por afectar a derechos tan fundamentales como la libertad de expresión, que si bien no es absoluto si goza de mucha protección conforme consolidada jurisprudencia.

Los gobiernos deben encontrar un delicado equilibrio entre la responsabilidad de proteger al público de la desinformación y la obligación de garantizar la libertad de expresión. Esto significa que cualquier medida de censura debe justificarse adecuadamente y ser proporcional, en concreto en España el artículo 20 de nuestra Constitución prohíbe expresamente la censura si no es a través de vía judicial. Por lo que ni el gobierno, ni tan si quiera una plataforma podría secuestrar una publicación. Además, resulta complicada y fácilmente maleable la postura sobre qué contenido es desinformación pues hemos visto muchas plataformas que tampoco atienden a información verad y actúan con notable arbitrariedad.

Las medidas de censura deben estar sujetas a revisión judicial para asegurar que son razonables y legales, no podemos permitir que una ley comunitaria ni si quiera estatal pueda meter la cabeza en nuestra legislación arroyando con principios esenciales de la constitución. Los ciudadanos deben tener el derecho de apelar decisiones de censura y buscar justicia si sienten que sus derechos han sido infringidos. Esto es crucial para mantener la confianza en el estado de derecho, el imperio de la ley y para preservar el control democrático sobre acciones que pueden afectar el discurso público.

Marcela Reigía Vales

Abogado.

@rv_marce