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La opereta bufa de los aranceles: Trump, escena I (y retirada)

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Pocos espectáculos son tan imprevisibles —y a la vez tan teatrales— como el que hemos vivido estas semanas con la amenaza arancelaria de Donald Trump. La receta ya la vamos adivinando: anuncio a bombo y platillo de un castigo comercial, los mercados tiemblan, los titulares se disparan… y, unos días (o incluso horas) después, llega la marcha atrás.


El presidente de los EEUU empezó esta fórmula con México y Canadá, sus socios en el antiguo NAFTA. Luego vinieron las amenazas a Europa, Japón, China… Trump apabullando a través de los aranceles a las importaciones de vehículos, a productos agrícolas, a países que no controlan la inmigración o que simplemente tienen un superávit comercial. El enemigo da igual: lo importante es el show.


Un espectáculo cuyo culmen fue la escena tan simbólica como absurda del presidente Trump con las tablas como si descendiera del Sinaí proteccionista con los nuevos mandamientos de la economía mundial. El comercio internacional convertido en lista negra, y la política comercial en espectáculo gráfico para consumo interno. Y detrás, por supuesto, el sello presidencial, como garantía visual de que la seriedad no es incompatible con el disparate.

Pero si algún momento resume el culmen del surrealismo arancelario, es este: aplicar un arancel del 10% a las islas Heard y McDonald, un remoto archipiélago australiano sin habitantes humanos ni actividad económica. Solo focas, pingüinos… y con aranceles


Pero más allá del espectáculo político, lo que hay detrás de algunas de estas propuestas roza lo tragicómico. Como bien ha explicado el profesor Juan Ramón Rallo, uno de los cálculos que se baraja en esta nueva política comercial consiste en equiparar el déficit comercial bilateral con un “arancel recíproco”.


La fórmula consiste en dividir el déficit comercial de EE. UU. con un país X entre las importaciones desde ese mismo país. Es decir, si EE. UU. tiene un déficit de 100.000 millones con China y le compra por valor de 500.000 millones, se propone un arancel del 20%. No importa si ese déficit tiene causas estructurales, si responde a ventajas competitivas o si se debe al consumo estadounidense: se penaliza al proveedor por vender.


En esta última ronda, el golpe no vino de ningún gobierno extranjero. El adversario que ha obligado a Trump a recular ha sido otro: los mercados. Las caídas en bolsa, el nerviosismo de los inversores y el riesgo de contagio global han demostrado que, por mucho que Trump quiera tensar la cuerda, es Wall Street quien acaba cortando el hilo.

Tras el desplome de los mercados después del anuncio y la presión internacional, Trump anunció el 9 de abril una moratoria de 90 días en los aranceles para todos los países que no habían tomado represalias contra EE. UU., reduciendo los aranceles a un 10% durante este período. Sin embargo, China fue excluida de esta moratoria, y sus aranceles se incrementaron al 125%, citando prácticas comerciales desleales y recientes represalias por parte de Pekín.

Además, aunque se anunciaron exenciones temporales para productos electrónicos como smartphones y laptops, Trump advirtió que estas serían de corta duración y que se impondrían nuevos aranceles específicos en sectores como semiconductores y productos farmacéuticos en los próximos dos meses


Lo que viene no es calma, sino tregua tensa. En estos 90 días de moratoria, se abre una ventana incierta donde todo puede pasar: negociaciones bilaterales, nuevas amenazas, movimientos en la OMC o incluso represalias encubiertas por parte de algunos países.

Europa evalúa su respuesta. América Latina toma distancia. Y China, por ahora, se mantiene firme.

Mientras tanto, las grandes empresas siguen con el pulso puesto en los mercados, temiendo que el espectáculo arancelario tenga segunda parte.

Porque si algo ha quedado claro tras esta última escena, es que el verdadero límite a los impulsos arancelarios no lo marcan los tratados, ni la lógica económica, ni los pingüinos: lo marcan las bolsas.
Y cuando bajan, el telón también cae.


Agustín Martín/ CEO AAPPmobility