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La mirada sobre la eutanasia: entre el acto médico y el acompañamiento humano

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El caso de Noelia no ha dejado indiferente a nadie. Su historia, marcada por el sufrimiento, ha sido presentada por muchos como un ejemplo de “muerte digna”. Sin embargo, también invita a una reflexión más profunda: ¿es la eutanasia un acto médico o plantea una ruptura con el sentido tradicional de la medicina?

Desde sus orígenes, la medicina ha tenido una vocación clara: curar cuando es posible, aliviar casi siempre y acompañar siempre. Esto sitúa al profesional sanitario no como quien decide cuándo debe terminar la vida, sino como quien cuida, incluso cuando ya no es posible curar.

En esta línea, la deontología médica recoge una idea fundamental: el médico no debe provocar intencionadamente la muerte del paciente, ni tampoco prolongar innecesariamente su agonía. Su deber es aliviar el sufrimiento y acompañar en el proceso final de la vida. Lejos de ser una limitación, este principio define lo que es una buena práctica médica.

Quienes defienden la eutanasia suelen apelar a la autonomía del paciente y al derecho a evitar el sufrimiento. Son argumentos comprensibles. Nadie puede permanecer indiferente ante el dolor intenso o el miedo a una agonía prolongada. Pero precisamente por eso, la respuesta quizá no deba centrarse en acortar la vida, sino en mejorar cómo acompañamos ese sufrimiento.

Aquí es donde los cuidados paliativos adquieren un papel esencial. No buscan acelerar la muerte ni prolongar la vida de forma innecesaria, sino cuidar: aliviar el dolor, atender el malestar emocional y acompañar tanto al paciente como a su familia. Los cuidados paliativos dignifican esta etapa y nos recuerdan que la muerte también forma parte de la vida, y que puede ser cuidada como cualquier otra.

La experiencia clínica muestra que cuando estos cuidados están bien desarrollados, muchas solicitudes de eutanasia disminuyen o desaparecen. No porque el paciente cambie de opinión de forma superficial, sino porque deja de sentirse solo o atrapado en un sufrimiento sin salida. En muchas ocasiones, lo que se expresa como deseo de morir es, en realidad, un deseo de dejar de sufrir.

En mi experiencia en el cuidado de pacientes al final de la vida, he visto cómo unos buenos cuidados paliativos mejoran de forma notable el bienestar del paciente y el acompañamiento de su familia en un momento especialmente vulnerable.

Esto plantea una pregunta importante: ¿estamos invirtiendo lo suficiente en aliviar el sufrimiento antes de ofrecer la muerte como solución? El desarrollo de equipos de cuidados paliativos y la formación de profesionales sigue siendo un reto pendiente.

La práctica médica exige equilibrio: evitar tanto el encarnizamiento terapéutico como el abandono. Escuchar, acompañar y aplicar medidas proporcionadas, sin alargar innecesariamente la vida, pero tampoco acortarla de forma deliberada. En ese equilibrio se encuentra el verdadero cuidado.

El caso de Noelia nos enfrenta a una realidad difícil, pero también a una elección como sociedad: cómo queremos cuidar a las personas en sus momentos más vulnerables. Tal vez el verdadero desafío no sea decidir cuándo debe terminar la vida, sino aprender a estar presentes, de verdad, hasta el final.

Dra. Celia Reigía Vales