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La Escuela Bruguera

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El cómic, reconocido ya como el Noveno Arte, tiene un objetivo común con el cine o la literatura: contar una historia, pero lo hace con dibujos, dotados o no de texto, que, leídos en secuencia, componen el relato.
Rosario Tamayo Lorenzo

Las grandes pinacotecas de todo el mundo ya han reconocido que se trata de una verdadera manifestación artística y muestran la obra de artistas gráficos indiscutibles, colocando al cómic en el lugar que merece, no como un producto de baja cultura o asociado solo al público infantil.

Podemos decir, además, que es una forma de expresión bastante difundida en la historia, ya estaba presente en la narración de los jeroglíficos egipcios y fue frecuente soporte del humor político, desde la época del Imperio romano, para criticar de forma anónima a los gobernantes.

Con la llegada de la imprenta el cómic se masificó junto con los periódicos.

En el marco del cómic español más reciente podemos distinguir tres grandes escuelas: la escuela valenciana, el TBO y la escuela Bruguera.

Ésta última es la que más influencia ha tenido en el posterior desarrollo de la industria en nuestro país, siendo una de las principales escuelas de humor del siglo XX.

Término acuñado por Terenci Moix en 1968, esta escuela aglutinó, en el seno de la editorial Bruguera y a partir de la posguerra española, a numerosos historietistas que crearon personajes que acompañaron a varias generaciones de españoles, cuando apenas existía la televisión, y aún no se conocían ni los videojuegos ni internet. Intentaban llegar al público adulto, sin perder a niños ni a jóvenes.

Entre estos muchos autores podemos destacar a Guillermo Cifré, Carlos Conti, Escobar, José Peñarroya, Manuel Vázquez o Francisco Ibáñez.

De la Escuela Bruguera nacieron, entre otros, personajes como Zipi y Zape, Carpanta, Petra, criada para todo, el repórter Tribulete, Don Pío, Gordito relleno, Doña Urraca, las hermanas Gilda, Rigoberto Picaporte, Anacleto, el botones Sacarino, Rompetechos, Mortadelo y Filemón, 13 Rúe del Percebe, Pepe Gotera y Otilio…

Y también nacieron revistas como Pulgarcito, Tío Vivo, El DDT, Lily, Mortadelo o Zipi y Zape.

La estructura narrativa era simple, se partía de un deseo del protagonista, que siempre se acababa frustrando con funestos efectos para éste, ya fuera a causa del destino o de su  propia torpeza, todo ello con onomatopeyas y peculiares expresiones marca de la casa ( crash, pum, bum, ptof…recórcholis, batracio, percebe, cernícalo…)

El denominador común era un estilo de humor satírico, pero blanco, aunque latía bajo aquellos inocentes dibujos una sutil crítica a la sociedad de la época, que no pocas veces tenía que sortear la censura, porque no estaba bien que Carpanta pasara hambre o que Doña Urraca fuera capaz de tales maldades..

Muchos de los personajes son empleados que soportan el despotismo de sus jefes, como el repórter Tribulete, Don Pío, Pepe Gotera y Otilio, Anacleto o Mortadelo y Filemón; otros son personajes que viven en su propio mundo, ajenos a las normas sociales, como Rompetechos, la abuelita Paz o el loco Carioco.

Las relaciones familiares, no demasiado armónicas, tuvieron como protagonistas las historias de Zipi y Zape, las hermanas Gilda, la familia Cebolleta, la familia Trapisonda o la familia Churumbel.

La editorial Bruguera, fundada en 1910 por Joan Bruguera, con el nombre inicial de El Gato Negro, acabó disolviéndose en 1986, siendo la actual dueña de sus derechos otra editorial, Penguin Random House.

Pero todos estos personajes formarán siempre parte de la cultura sentimental de varias generaciones de españoles y para que muchos de ellos los recuerden y otros, los más jóvenes, los conozcan, el Centro de Arte de Alcobendas ofrece la exposición “Escuela Bruguera”, en la que se pueden contemplar algunas de estas historias, recordando y reivindicando a sus autores, que tan felices nos hicieron a todos aquellos que crecimos delante del papel.

Rosario Tamayo/ Concejala Cultura Ayuntamiento Alcobendas