Ética y estética
Vivimos en una sociedad que cambia a una velocidad que cuesta asimilar. La revolución digital y el impacto de las redes sociales han transformado no solo nuestra forma de comunicarnos, sino también la manera de entender la realidad. Hoy, la percepción del receptor importa más que la intención del emisor. Lo que se dice es menos relevante que cómo se interpreta. Y eso, inevitablemente, lo está cambiando todo.

La política no es ajena a este fenómeno. Es, de hecho, un reflejo fiel de lo que somos como sociedad. Si la ética y la estética se diluyen en nuestra vida cotidiana, también lo hacen en la vida pública. La ética entendida como el compromiso con la palabra dada, la coherencia y el ejemplo. La estética como la forma, el respeto, el decoro. Ambas, hoy, parecen haberse desvanecido. Es lo que tenemos.
El político debería ser el primero en cumplir lo que promete y comportarse con la ejemplaridad que su cargo exige. Sin embargo, vivimos un tiempo donde por desgracia el relato ha sustituido a la verdad y la apariencia pesa más que el comportamiento.
El caso del presidente Pedro Sánchez es un ejemplo claro. En una sociedad donde la ética mantuviera aún su peso, un dirigente rodeado de investigaciones —con un hermano bajo sospecha, una esposa señalada y antiguos secretarios generales procesados o encarcelados— habría asumido responsabilidades políticas sin esperar a que lo exigiera un juez. Pero la política actual se sostiene más en el marketing que en los principios. Es una pena.
La ética y la estética han sido sustituidas por la estrategia. Y en esa sustitución hemos perdido lo esencial: la confianza. Porque el ciudadano ya no distingue entre lo que es verdad y lo que es relato, entre la palabra y la propaganda. Así es la política actual.
Ante esta tesitura que nos toca vivir en la actualidad soy de los que piensa que la mayor muestra de compromiso de un político con sus ciudadanos se llama transparencia. Y no se trata de una palabra bonita ni de un lema de campaña. Se demuestra con hechos. Como muestra un botón: En los ayuntamientos, por ejemplo, este contrato de los políticos con los ciudadanos se hace a través de portales donde los responsables públicos publican sus patrimonios, sus actividades previas, sus ingresos, sus compatibilidades y sus conflictos de interés. Eso debería ser lo básico. El punto de partida. La pregunta del millón es sí lo están haciendo. La respuesta se la pueden imaginar ustedes.
Antes de hablar de transparencia, los políticos deberían mirarse el ombligo y cumplir lo elemental. Solo así podrán firmar con los ciudadanos un contrato basado en la verdad. El problema es que tengo la sensación que todo esto que les cuento les da exactamente igual.
Quizá sea hora de recordar que la ética no se proclama: se practica. Y que sin ética, ninguna estética política —por brillante que parezca— puede sostenerse demasiado tiempo. Lo verán.