Esa maravillosa putada
Estas líneas son un adiós; pero son, sobre todo, un gracias. Es una reflexión sobre dejar ir, el amor, la generosidad, el compromiso… y sobre un perro con nombre de tabaco: Chester.
Escribo estas líneas tratando de asimilar una triste noticia.
Teresa Alonso-Majagranzas
A nuestro perro, a Chester, le han detectado una enfermedad grave e irreversible que le está haciendo sufrir hasta el punto de no querer comer. Así que escribo con él tumbado frente a mí, en un cuarto de estar que es más suyo que nuestro; con la manta que David le pone cuando se va a dormir y que ya no se quita. Todo ha sido muy rápido e inesperado. Radiografía, diagnóstico, TAC y un diagnóstico aún peor… Y en dos semanas nos hemos visto fijando una fecha para dejarle ir.
Hablando con mi hija recordaba que en mi vida yo había tenido dos momentos en los que el amor lo invadió todo, anulando cualquier otro sentimiento o sensación. El primero fue cuando la tuve a ella; se repitió después con mis otros dos hijos. Y el segundo fue cuando le dije al oído a mi padre “márchate, estamos bien”. Es curioso ¿no? El amor en el inicio y en el final de la vida. El amor en la generosidad de jugarte la vida para dar a luz y en la generosidad de dejar ir.
Quizá por eso hemos sido capaces de pensar en Chester antes que en nosotros. Seguramente para mis hijos está siendo muchísimo más duro; aún son jóvenes para entender que la vida no es más que una putada maravillosa.
Dejar ir. Poco se habla. Por eso estas líneas.
Con tan solo tres días por delante antes de su muerte programada, empiezo a prepararme para vivir desde su recuerdo. ¡Y qué recuerdos! Chester llegó a nosotros gracias a SOS WEIMARANER, una asociación de acogida para perros de raza Bracco. Nos entrevistaron en casa durante más de dos horas y nos declararon “familia apta para la adopción”. Fue como aprobar una oposición. Lo fueron a buscar en plena Filomena a Sevilla. Cuando llegó a casa, todo cambió.

Las primeras salidas eran como ir haciendo ski acuático. ¡Lo que tiraba! Chester se comía los sofás, mis zapatillas, piedras… La primera vez que lo soltamos, pensamos que no volvería. Nos ponía a prueba; al fin y al cabo, una familia le había dado en adopción al cumplir solo un año. No fue hasta el verano, entre Cádiz y Comillas, que todos sentimos que por fin era Chester el que nos había adoptado a nosotros.
Desde entonces, Chester nos ha regalado unos años maravillosos no exentos de complicaciones. Entró en la vida de cada uno de nosotros y creó cinco lazos distintos que ya son para siempre. Que nadie les engañe: tener un perro es un compromiso gigantesco que afecta a las finanzas, al tiempo y a las emociones. Pero cumplirlo significa recibir mucho más de lo que has dado.
Nos quedamos con estos años que Chester ha estado con nosotros. No han sido suficientes, pero ha sido como nosotros: intensos y amorosos. Como la vida, Chester hoy es ya una putada maravillosa.
Disculpen el drama y este homenaje a Chester que extiendo a todos los perros que llenan nuestras vidas. Por su generosidad más grande que la nuestra.
Chester, nos vemos en Valdelatas.