Ennominados
Cada nuevo año nos concede unos días de ilusión renovada. Al menos durante los primeros días, nada de lo que hacemos lo habíamos hecho aún en ese año. Quizá por eso, en este inicio de 2026, he decidido que nazca públicamente una palabra que me ronda desde hace tiempo; vaya, lo que viene siendo un neologismo: “ennominados”. ¿Les gusta?
Si la Real Academia Española aceptara esta palabra, su definición sería algo así como: “Dicho (o dícese) de una persona que trabaja por cuenta ajena y percibe una retribución fija en forma de nómina.” La primera vez que la usé fue durante un concierto en la Sala Galileo Galilei. Estábamos escuchando a un cantautor que siempre despierta cierta vena creativa y comenté que me rondaba la idea de que quienes trabajamos por cuenta ajena deberíamos tener un espacio mayor del que solemos ocupar. “Al fin y al cabo, somos mayoría”, comenté.
Un cantautor viene a ser como un autónomo: tiene muchísimo mérito y siempre encuentra motivos para la queja. Luego está la estrella emergente, que sería el emprendedor; la gran estrella, el EMPRESARIO, así, con mayúsculas. Y los “ennominados” seríamos todas esas voces, esas miles de voces que corean las canciones desde el público. No somos protagonistas, pero ¿sería lo mismo ver a un artista en el escenario sin las miles de personas que abarrotan el recinto y cantan sus canciones? ¿No se hacen más grandes precisamente por eso?
Si miramos los datos de población activa, alrededor del 85 % de las personas ocupadas en España trabajan como asalariadas: son “ennominadas”. Si España fuera el Movistar Arena y hubiera un concierto cada día, los trabajadores por cuenta ajena lo llenaríamos durante tres años seguidos. Si el objetivo de un concierto es llenarlo y que sea escalable, sostenible y, por supuesto, monetizable, ahí estamos los “ennominados”: para que las cuentas salgan, para que se sigan haciendo conciertos y para que el artista, emergente o consolidado, pueda viralizarse y plantearse la gira mundial.
Y, sin embargo, con este papel tan vital, cuando leemos artículos y entrevistas, escuchamos podcasts o navegamos por LinkedIn, no abundan los elogios ni los espacios propios para ese público tan numeroso y tantas veces entregado. A menudo se habla de la adrenalina, el riesgo o la creatividad como cualidades exclusivas del emprendimiento y ajenas a los “ennominados”, como si trabajar con compromiso en el proyecto de otro no implicara también esfuerzo, incertidumbre y creatividad. Muchos “ennominados” viven cada proyecto como propio, sabiendo que de su trabajo dependen no solo su nómina, sino también la de sus compañeros. Y a veces no, claro. Pero ese “a veces no” también aplica a quienes toman las decisiones, aunque se note menos, sencillamente porque son menos.
Volviendo a la música, en la reseña del concierto Bruce Springsteen & The E Street Band, Live in Barcelona, grabado el 16 de octubre de 2002 en el Palau Sant Jordi, el medio Vintage Rock describe así al público: “La audiencia se convierte en masa moldeable en las manos de Springsteen mientras corea su nombre y canta todos los grandes estribillos”. No en vano le llamamos El Boss. Porque cuando el público responde, el concierto sucede; cuando el jefe sabe mandar, la mayoría sabe seguirle. Seamos justos unos con otros: sin los unos, los otros no existirían. Y no lo olvidemos cuando toca repartir aplausos.