El Lago Murten y la región de Vully: La Suiza del vino que pocos conocen
Entre viñedos junto al Lago Murten, ciudades medievales, refugios alpinos y algunas de las grandes especialidades gastronómicas suizas, las regiones de Friburgo y La Gruyère revelan una de las caras menos conocida del país. Un recorrido pausado donde el vino de Vully, la fondue, el chocolate y los paisajes verdes construyen un viaje pensado para disfrutar sin prisas
Mamen Crespo Collada
Las regiones de Friburgo y La Gruyère esconden una de las versiones más inesperadas de Suiza, una zona donde los viñedos descienden hasta el lago, las ciudades medievales conviven con una energía joven y la gastronomía marca el ritmo del viaje. Entre pueblos alpinos y medievales, queserías históricas, chocolate artesanal y mesas junto al agua, este rincón suizo propone una forma distinta de descubrir el país: más pausada, más auténtica y profundamente ligada al paisaje.
El viaje comienza con uno de los secretos mejor guardados de Suiza: el Lago Murten y la región de Vully, la más pequeña de las grandes zonas vinícolas del país. Aquí no hay itinerarios frenéticos ni largas listas de monumentos; el verdadero lujo consiste en caminar entre viñedos con el lago siempre al fondo. El sendero vitícola La Riviera atraviesa colinas cubiertas de viñas, pequeños pueblos y terrazas soleadas donde el verano transforma el paisaje en una postal inesperadamente mediterránea.
Entre degustaciones de vinos locales, el tradicional pastel de Vully y una mesa esperándonos junto al agua en Praz, en el Hotel Restaurant Cave Bel-Air, esta región demuestra que existe otra Suiza: más serena, gastronómica y todavía lejos de las rutas más conocidas. La recomendación aquí es clara: pedir los filetes de perca del Lago Murten, una de las especialidades más conocidas de la región.

La ruta se puede continuar al otro lado del lago, en la ciudad de Murten, probablemente uno de los pueblos más bonitos de Suiza. Nada más entrar al casco antiguo por la puerta de Berna, el visitante se sumerge en la historia. Esta se percibe al pasear por las callejuelas con sus casas señoriales de estilo barroco. La calle principal, con sus arcos porticados, es especialmente bonita. Pasando por fuentes adornadas con flores, se llega al castillo, donde la terraza de Lindensaal ofrece una fantástica vista del lago. Pero si hay algo que destaca en la ciudad medieval es su muralla circular transitable, con doce torreones, que rodea la parte alta del casco antiguo.
Finalizada la visita a Murten, hay que desplazarse a la ciudad medieval de Friburgo, atravesada por puentes y dominada por la impresionante catedral, que convierte el paseo en una sucesión de postales. Merece la pena perderse por la ciudad baja, recorrer sus calles adoquinadas y observar cómo la arquitectura medieval convive con una energía universitaria y contemporánea inesperada. Friburgo no necesita una lista de lugares; funciona mejor caminándola sin prisa.
Charmey: el lado más relajado de los Alpes
Después del patrimonio histórico llega el momento de bajar el ritmo. Charmey es un pequeño refugio alpino donde la naturaleza marca el tiempo con Los Alpes muy cerca. La recomendación de alojamiento aquí es clara: el Hotel Cailler, un lugar donde bienestar y gastronomía se mezclan con vistas de montaña y un ambiente tranquilo. Este hotel cuenta en sus instalaciones con los reconocidos Baños de Grùyere, donde las piscinas exteriores cuentan con el agua a alta temperatura para contrarrestar al frío y a la nieve en la temporada invernal.
Para comer o cenar, L’Etoile es una excelente parada para descubrir una cocina local cuidada y auténtica. Charmey invita a disfrutar de algo poco habitual, no hacer demasiado. Pasear, respirar aire puro y dejar que el paisaje haga el resto.

Siguiendo nuestro recorrido, llegamos a la conclusión de que pocas localidades consiguen estar a la altura de su fama, pero Gruyère lo logra. La pequeña ciudad medieval, situada sobre una colina y rodeada por montañas, parece construida para protagonizar una portada de revista. Las calles empedradas conducen hasta plazas, fachadas históricas y rincones donde el tiempo parece haberse detenido.
En verano, las terrazas se llenan de vida y las vistas a los prados alpinos adquieren ese verde intenso tan característico de las postales suizas. Desde su castillo y desde sus calles empedradas podrás hacerte con fotos para el recuerdo. Además, la comida aquí tiene una parada imprescindible: Le Chalet de Gruyères, en pleno corazón del pueblo. Y existe un plato que no admite dudas: La auténtica fondue moitié-moitié, preparada con un 50 % Gruyère AOP y un 50 % Vacherin Fribourgeois AOP. Una receta sencilla sobre el papel y absolutamente inolvidable cuando llega a la mesa.
A pocos minutos de Gruyère, en la localidad de Broc, se encuentra uno de los símbolos gastronómicos del país: la Maison Cailler. La experiencia está pensada como un viaje inmersivo por la historia del chocolate con leche suizo. El recorrido mezcla escenografía, historia y espacios interactivos donde descubrir cómo se produce uno de los productos más emblemáticos de Suiza. Y sí, el final es exactamente tan bueno como imaginas, con una degustación.
La gastronomía en el centro
Para continuar la inmersión gastronómica existe otra parada especial en la zona, la quesería alpina y restaurante Les Invuettes. Aquí la cocina local aparece sin artificios y con recetas profundamente ligadas a la tradición friburguesa. Entre los imprescindibles se encuentran la sopa de chalet y el macaroni de chalet.
Antes de despedirse de la región, conviene hacer una última parada en La Maison du Gruyère. La visita permite descubrir el proceso de elaboración del célebre Gruyère AOP y observar cómo se produce ante los visitantes.

La experiencia combina museo, gastronomía y tradición en un recorrido interactivo donde el queso deja de ser un producto para convertirse en parte de la identidad local. Y hay una excelente manera de empezar, desayunando en su restaurante con un desayuno típico regional.
Friburgo y La Gruyère son una Suiza distinta: menos apresurada, más cercana y profundamente gastronómica. Un viaje donde las vistas impresionan, pero donde probablemente los recuerdos más intensos llegarán alrededor de una mesa, entre una fondue humeante, una copa de vino de Vully o un trozo de chocolate recién degustado.