Corrector de textos, una profesión invisible y mal pagada
Aunque no le hayamos visto escoba en mano, cuando caminamos por una acera limpia sabemos que por allí pasó un barrendero antes que nosotros.
LMN
No solemos fijarnos ni caer en la cuenta de esa labor (rutinaria, imprescindible y a su manera invisible) hasta que nos topamos con algún montón de basura amontonada o con suelos repletos de hojas otoñales especialmente resbaladizos por la lluvia.
Dos ejemplos que sirven para establecer la comparación de lo que sentimos cuando nos encontramos con un texto (escrito o leído) por los motivos que sean mal escrito: comas mal puestas, expresiones repetidas, faltas de ortografía, frases inconexas.
Cuando algo no se cuida, se deteriora. ¿Y cómo mantenemos nuestros textos impolutos? Con los correctores. Que sí, que existen, y sin su amor por las palabras el deterioro sería total.
«¿Por qué cuando un texto no tiene errores uno no se plantea que está corregido? No sé si la no necesidad de un corrector parte de un concepto de vanidad mal entendida de los escritores, de la idea de que los escritores no necesitan ser corregidos porque son como los gatos, que los tiras y siempre caen de pie», destaca Fernando Valdés, corrector profesional.
Siempre hace falta alguien que le eche un ojo a algo porque cuando estás con tu propio texto estás muy apegado y no te das cuenta porque el cerebro va complementando cosas. Te puedes leer veinte veces un párrafo y no darte cuenta de que le falta un qué o un la. Y alguien que no eres tú lee ese párrafo y se da cuenta. Por eso es importante que cualquier texto que vaya a salir publicado, en el medio que sea, lleve una corrección posterior tanto si se trata de un texto original como de una traducción.
El principal handicap es que se trata de una profesión desconocida en nuestra sociedad en general y en el mundo laboral en particular.
Esto se debe a que tanto el corrector como su trabajo están invisibilizados, una circunstancia que provoca diversas complicaciones como, por ejemplo, la falta de un reconocimiento administrativo al no haber un epígrafe concreto en el Impuesto de Actividades Económicas (IAE).
La «infracontratación de correctores asalariados» (que en su mayoría son autónomos), su ausencia en ámbitos en los que son «necesarios y en los que por desconocimiento se le requiere», exceso de intrusismo y unas tarifas que en los últimos veinte años no han subido en consonancia con el coste de la vida.
Problemas comunes a otros gremios, pero en su caso agravados por padecerlos «en la sombra y estar todos ellos imbricados”. Es el último eslabón y del que muchos creen que pueden prescindir, está muy mal pagada. Parece que es algo accesorio, cuando son un paso necesario para evitar errores importantes. Porque una cosa es que alguien eche un vistazo para ver si más o menos un texto está bien y otra cosa es alguien que lo corrija en profundidad.
Se ven así los correctores atrapados en un círculo vicioso en el que su intrínseca falta de visibilidad les impide tener una posición adecuada desde la que poder negociar tarifas más justas.
Y eso a pesar de que nos rodean textos que van mucho más allá de los libros de narrativa o los propios medios de comunicación. Son necesarios (y no están en todos los casos que deberían) en páginas webs de todo tipo, folletos de supermercados, audiolibros, los subtítulos de una película, la sinopsis de un contenido audiovisual en una plataforma… «
Todos necesitan alguien detrás que tenga unos profundos conocimientos de lingüística y que corrija esos resultados en las pruebas previas para ir afinando el motor. Todo eso, aunque parezca increíble, lo hacen los correctores.
¿Y quiénes son? ¿De dónde salen? «Un corrector necesita tener una formación lingüística, muchos salen de Filología Hispánica«, resume Hoyos, al tiempo que Valdés añade Periodismo o Historia como otras carreras universitarias de las que surgen, en mucha menor medida, profesionales de la corrección. El 95% de los correctores son licenciados. Y el 47% de los correctores ha realizado estudios de posgrado o incluso posee un doctorado.
Otros correctores son traductores que acaban haciendo de correctores también. Y hay gente que a lo mejor no tuvo en su día una formación académica, pero que a fuerza de muchos años de trabajar en una editorial o en el sector acaba teniendo herramientas.
El corrector tiene que formarse. Para ello, cuenta también con postgrados y cursos específicos. No cualquiera puede ser corrector. Tienes que tener unos amplios conocimientos lingüísticos, amor por la precisión y haberte especializado.
Acreditar el trabajo debidamente, como cada vez ocurre más con los traductores, es por tanto una lucha de vital importancia para un gremio integrado principalmente por autónomos.
Ahora parece que hay un interés en la nueva hornada de correctores jóvenes, que además entienden de una forma muy amplia la profesión, que son conscientes de que hay que abrirse a otros cometidos. Todas esas nuevas hornadas son muy tecnológicas.
Si te compras un libro. o escribes en un medio de comunicación, aunque en redes sociales, y está mal escrito puede ser un auténtico desastre para la editorial.
Es absurdo que esto se considere superfluo si quieres un buen producto. Aunque también tiene una pega, grande en muchos casos, que no podemos obviar: que el corrector tenga sus propias ideas sobre lingüística y las trate de imponer en los textos.