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Ana María Matute: Quién no inventa no vive

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Esta frase, pronunciada al recibir, en 2010, el premio Cervantes, define la actitud ante la vida y ante la literatura de Ana María Matute, de cuyo nacimiento se cumple, en próximas fechas, el centenario.

Segunda de cinco hijos de una familia de la pequeña burguesía catalana, propietaria de una fábrica de paraguas, tuvo una infancia y adolescencia marcada por la guerra civil y la posguerra. Escribió su primera novela, “Pequeño teatro”, con 17 años, que fue ganadora del premio Planeta en 1954. Ana María recordaba que “la llevaba escrita a mano, en un cuaderno escolar, cuadriculado, con las tapas de hule negro. Yo iba a Destino cada día, con mi libretita bajo el brazo, 19 años y calcetines-que entonces estaban de moda a esa edad- y mi aspecto aún más aniñado del normal.”

Fue una mujer libre y moderna, pero a la vez que su creatividad y sus éxitos literarios crecían también lo hacían sus problemas familiares. “Tuve dos maridos: uno bueno y uno malo”

En 1952 se casa con el escritor Eugenio de Goicoechea, el marido “malo”, de origen bilbaíno y un tanto tarambana. “Estaba muy enamorada, pero era un personaje…como Rasputín. Hasta se parecía físicamente”. Un marido con tendencia a dar sablazos a los amigos y a pedir préstamos, cuando empeña la máquina de escribir de su mujer, ésta, harta ya, tomó la decisión de separarse.

Su marido, como revancha, pidió la custodia del único hijo de ambos, y durante dos años solo pudo verlo los sábados, gracias a la complicidad de su suegra.

Su vida personal se rehízo cuando conoció al empresario francés Julio Brocard, el marido “bueno”, aun así, cuando todo parecía ir bien, Ana María sufrió una depresión, “era feliz, pero todo lo sufrido me pasó factura”, dolor que se agudizó al morir Julio el mismo día del cumpleaños de la escritora, un 26 de julio. Tiempo después volvió a la literatura, “porque ha sido, y es, el faro salvador de muchas de mis tormentas”. En 1996 fue elegida miembro de la Real Academia Española, ocupando el sillón K.

Ana María creó un mundo literario marcado por la fantasía y la ternura, no exento de compromiso social. Entre sus muchas obras destacan “Los Abel”; “Primera memoria”, con la que obtuvo el Premio Nadal en 1959; “Paraíso inhabitado”, una de mis novelas favoritas, donde leemos “tal vez la infancia es más larga que la vida” y “Olvidado rey Gudú”, muestra de su fascinación por la Edad Media y libro preferido de la autora.

Creó también una extensa obra de cuentos para niños, teniendo una particular opinión sobre algunos clásicos: “Caperucita Roja es el personaje más tonto de la literatura, pase lo de hacer caso al lobo, pero que lo confunda con la abuela, ¡hay que ser imbécil!”.

En 2014, a los 88 años, nos dejaba una de las más reconocidas y galardonadas escritoras españolas, quien de sí misma decía: “Todo me produce asombro, lo que dice la gente, lo que hace. A veces pienso que me caí de alguna galaxia por error aquí, y vivo así, como un bicho rarito, como puedo o como me dejan”

Rosario Tamayo