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2026: cuando la economía deja de ser un problema técnico

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2026 no será el año de una gran crisis. Precisamente por eso puede ser más peligroso. Será el año en el que muchas economías —y la española de forma muy particular— empiecen a comprobar que el margen se ha agotado. No por un desplome, sino por desgaste.

El mundo crece menos, se fragmenta más y cada vez cuesta más mantener el mismo nivel de prosperidad. La energía ya no es barata, la globalización atraviesa un movimiento importante en su contra, la tecnología no garantiza productividad automática y la política fiscal avanza con un corsé cada vez más rígido. El problema no es la falta de crecimiento. El problema es qué sostiene ese crecimiento y quién paga el coste de mantenerlo.

En 2026 la economía mundial seguirá operando bajo una incertidumbre estructural: tensiones geopolíticas persistentes, cadenas de suministro menos eficientes y una transición energética que exige inversiones masivas sin retornos inmediatos. La inteligencia artificial aparece como promesa universal, pero su impacto real dependerá de algo mucho menos glamuroso: capacidad de gestión, escala empresarial y productividad efectiva.

España llegará a 2026 creciendo, pero apoyada en una fórmula conocida: servicios, consumo interno y empleo. Una fórmula que crea actividad, pero no necesariamente músculo. La productividad sigue siendo uno de los eslabones más débil y la estructura empresarial continúa demasiado fragmentada como para absorber shocks con comodidad.

Un país no se fortalece solo creando empleo, sino generando valor suficiente para sostener salarios, inversión y gasto público sin tensar permanentemente el sistema. Y es en este punto donde el debate suele desviarse.

Hablar del tamaño y del papel del sector público en España se ha convertido en un ejercicio de contención verbal. Cualquier análisis se interpreta automáticamente como ideología. Pero en 2026 ya no es una discusión doctrinal, es una discusión aritmética.

Con una población envejecida, un gasto estructural creciente —pensiones, sanidad, dependencia y ahora también defensa— y una deuda elevada, el Estado opera con muy poco margen. No se trata de desmontar servicios públicos, sino de preguntarse si la estructura actual es sostenible sin penalizar sistemáticamente al sector privado que es el que genera valor en el mercado.

La distribución del sueldo bruto anual en España por tipo de empleador y nivel educativo revela una realidad que suele diluirse en el debate público: el sector público desplaza sistemáticamente la distribución salarial hacia la derecha, tanto en trabajadores con estudios superiores como en aquellos que no los tienen.

En los trabajadores sin estudios superiores, el empleo público concentra salarios claramente más altos, con menor dispersión y prácticamente sin presencia en los tramos bajos. El sector privado, en cambio, absorbe la volatilidad: salarios más bajos, mayor dispersión y exposición directa al ciclo económico.

En los trabajadores con estudios superiores aparece el matiz habitual: el sector privado genera una cola salarial alta que el sector público no puede ni pretende replicar.

El sector público garantiza el suelo; el sector privado promete el techo.

Y la mayoría de la gente vive en el suelo, no en el techo.

Este no es un debate sobre si los empleados públicos cobran demasiado. Es un debate sobre quién asume el riesgo económico en España. El sector privado soporta incertidumbre, ajuste cíclico, presión competitiva y buena parte de la financiación del sistema. El sector público ofrece estabilidad, salarios más homogéneos y una protección implícita frente a crisis.

Cuando esta asimetría se consolida, el problema deja de ser salarial y pasa a ser político y social. Porque ningún contrato social resiste indefinidamente si quienes cargan con el riesgo perciben que el reparto de protección y recompensa no guarda proporción.

2026 no será una ruptura, será una prueba. Puede pasar a la historia como un año tranquilo o como el momento en que quedó claro que el problema ya no era cuánto crecemos, sino quién sostiene el peso de que todo siga en pie.

Agustín Martín

Ex concejal de Hacienda (2007-2019)  Ayuntamiento de Alcobendas