Semana Santa en el Museo del Prado
Comienza la Semana Santa, conmemorando la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo, hechos que han inspirado a numerosos artistas a lo largo de los siglos.

Te propongo un recorrido por algunas de estas obras en el Museo del Prado, será una experiencia artística y cultural, también puede ser espiritual, si se contemplan desde la fe.
En la sala 051 podemos contemplar «La Última Cena», de Juan de Juanes, uno de los más importantes pintores del Renacimiento español. Inspirada en la obra de Leonardo da Vinci, por el espacio y por la expresión de los apóstoles, fue pintada para el banco del retablo mayor de San Esteban de Valencia. Una escena centrada en Jesús, en el momento de la consagración, con el cáliz que reproduce el que se conserva en la catedral de Valencia; aparecen también la jarra y la jofaina del lavatorio de pies. Judas, con la barba y el cabello rojo, viste de amarillo, el color de la envidia, ocultado una bolsa de dinero a sus compañeros.
En la sala 014 encontramos una de las más bellas obras de Velázquez, el Cristo. La pintura fue encargada por Jerónimo de Villanueva, un alto funcionario de la corte de Felipe IV y mano derecha del Conde Duque de Olivares, para el convento de San Plácido, en Madrid; parece que Villanueva quería que se diluyeran investigaciones abiertas por la Inquisición que podían repercutirle, el encargo era una manera de afirmar su ortodoxia religiosa.
Velázquez nos presenta a un Cristo con una gran belleza física y a pesar de la crudeza de la imagen, elige meticulosamente la cantidad de sangre representada, apenas unos hilillos. No hay paisaje, solo un lugar indefinido, neutro, oscuro, con una técnica casi fotográfica.
Unamuno, cuya fe estaba asociada a la imagen de Jesús en la Cruz, dedicará una poesía a esta pintura, entre sus versos pregunta: «¿En qué piensas Tú, muerto, Cristo mío?»
«El Descendimiento de Cristo», de Rogier van der Weyden, en la sala 058, es una de las obras maestras de la pintura flamenca. En ella, José de Arimatea sostiene el cuerpo de Jesús, ayudado por Nicodemo, con barba blanca. María Magdalena aparece vestida con más riqueza, recordando su pasado pecador, agachándose en una posición físicamente irreal. La Virgen María, sostenida por San Juan, pálida y desmayada, imita la postura de brazos de su Hijo. Casi todos los personajes lloran, dotando a la obra de una gran emotividad.
Entre 1597 y 1604, el Greco pinta en su taller de Toledo «La Resurrección de Cristo», que encontramos en la sala 009B. Se supone que formaba parte, junto a otros cuadros, del retablo del Colegio de doña María de Aragón, en Madrid, lugar que hoy ocupa el edificio del Senado. El precio de estas obras, 65.300 reales, fue el más caro pagado al Greco.
En la parte inferior de la pintura, de dramatismo y tensión, se apiñan caóticamente un grupo de soldados, que observan asustados al que creían muerto y derrotado. Jesús se eleva, glorioso y sereno, con la mirada más risueña que pintará el artista, con la mano derecha abierta, señalando el camino.